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 Diplomatura de Educación Social - 1997 / 1999 - Firehaired

ACTITUDES DEL EDUCADOR

Los humanos nos distanciamos eminentemente del resto de especies animales por nuestra capacidad de raciocinio, aunque existe otra vertiente (poco reconocida) que nos representa más exactamente. El conjunto de emociones a las que el ser humano racional se encuentra sujeto es, dicho sin ningún pudor, el rasgo más definitorio del hombre, ya que, aunque hemos conseguido fabricar de forma artificial artilugios autónomos pensantes, no hemos logrado discernir ese entresijo emocional tan común y complejo.

Vemos por tanto que ningún ser humano es capaz de dejar a un lado su fuente inagotable de emociones, centrándose en el carácter racional, y de esta forma está continuamente sujeto a la parcialidad y la subjetividad. Si de ese conjunto de emociones se forja el carácter, podemos deducir que en su edad madura, cualquier hombre o mujer arrastrará un bagaje emocional y actitudinal notable. Pero no siempre este bagaje será el preciso o necesario.

Cuando llegamos a adultos se nos forma en unos determinados contenidos a los que llamamos educación, y que con el tiempo se especializan hasta circundar una serie de materias determinadas hacia las que decidimos encaminar nuestra actividad laboral. Si bien es cierto que todos acumulamos ese bagaje citado anteriormente, cierto es también que más notables serán las diferencias entre unos y otros a medida que el saber evoluciona y el conocimiento se diversifica. Podemos ver, por tanto, que las actitudes de las que queremos hablar no son un cúmulo de valores comunes, sino que se han ido forjando a lo largo de nuestra vida, y que sin duda alguna, están sometidos a diversos grados de logro, dependiendo de las experiencias que haya acumulado una u otra persona.

En Educación Social se demandan una serie de actitudes básicas, al igual que en cualquier otra materia, pero que están eminentemente centradas en el tipo de colectivos a los que dirigimos nuestra intervención, en la clase de intervenciones que debemos realizar, y en el marco en el que trabajamos.

Si bien es cierto que el educador social debe ser una persona con una sensibilidad especial, en tanto en cuanto se ha decantado por trabajar con colectivos humanos, su bagaje actitudinal compartirá una serie de rasgos comunes, pero se diferenciará en otros muchos. El motivo de esta disparidad no es otro que la diversidad de colectivos a los que el educador social atiende, cada uno de ellos con necesidades específicas que demandan una intervención determinada.

El retrato robot del perfecto educador social es muy difícil de dibujar. Muchos autores han afrontado la acometida citando interminables listas de cualidades, unas más precisas que otras, que recuerdan bastante la figura prototípica del buen hacer hecho verbo.

En mi opinión, y ante la imposibilidad de reflejar aquí todas aquellas actitudes que un buen educador social debería tener, se podrían destacar algunas que pueden conformar el eje vertebrador de una figura polivalente, y encaminar así su definición:

· Autonomía: El educador social debe ser un profesional con capacidad para tomar sus propias decisiones, aquellas que considere más acertadas, sin dejarse influir por injerencias que considere erróneas.

· Espíritu Crítico: Para poder ejercer plenamente su autonomía debe ser totalmente capaz de saber discernir, debe racionalizar toda la información y formarse una opinión. Solo de esta forma podrá establecer independientemente cual es la resolución más acertada para cualquier situación problemática.

· Positivismo: Es fundamental que el profesional atisbe o intuya la salida beneficiosa de cada situación problemática, ya que únicamente cuando el educador crea en su proyecto y considere que realmente está dirigido a paliar alguna carencia, el beneficiario se contagiará de ese sentimiento y evolucionará positivamente.

· Realismo: Confrontándolo con el punto anterior, podríamos decir que exclusivamente bajo planteamientos realistas una intervención puede resultar exitosa. El educador debe ceñirse a los medios de que disponga, teniendo siempre presente cual es el punto de partida antes de aventurarse a establecer un resultado final inalcanzable.

· Humildad: El educador debe reconocer su relativa insignificancia dentro de la magnanimidad del sistema, aprendiendo a pensar globalmente pero actuar localmente, siempre en la medida de sus posibilidades. Cualquier intento grandilocuente, fuera de las posibilidades reales del educador conllevará la frustración. También debemos recordar que el educador está al servicio del destinatario y no a la inversa, por lo que debemos rechazar cualquier vitola que nos distancie de esta realidad tan necesaria.

· Empatía: El profesional debe ser capaz de posicionarse en el lugar del destinatario, para poder percatarse plenamente de su situación y actuar en consecuencia. Es una tarea ardua que requiere de la combinación de las diferentes actitudes anteriormente citadas, y que en la mayoría de situaciones resulta ser clave para la resolución de conflictos.

· Confianza: Esta actitud podemos analizarla desde dos aspectos diferenciados, la autoconfianza y la confianza en el sistema. Eludiendo la fe ciega, el educador debe ser capaz de confiar en sus propias posibilidades de éxito y en las posibilidades de éxito del sistema al que representa.

· Motivación: Esta labor no es rutinaria, repetitiva o banal. Debemos recordar que cada persona es un mundo y, por tanto, que cada situación es diferente al resto. Debemos estar motivados para afrontar cada problemática como si fuese la más relevante a la que nos enfrentamos. Solo así podremos dar lo mejor de nosotros mismos y poner verdadero empeño en actuar sobre la raíz del problema.

Una vez vistos todos estos aspectos, podríamos decir que es muy difícil ejercer en todo momento basándonos de pleno en estas actitudes. La imperfección humana nos condena continuamente al error, aunque de ello debemos extraer lo positivo y aprender para intentar no repetir las mismas equivocaciones.

Que no se engañe nadie y piense que estas actitudes son asignaturas que pueden aprenderse en una diplomatura, ya que, aunque realmente se puede trabajar para potenciarlas, debe existir una predisposición, una chispa que avive ese sentimiento que caracteriza al educador social, y eso nace con la persona y se conforma en su entorno.

Tras analizar lo mencionado previamente podríamos citar que las actitudes del educador son claves para que el proceso relacional alcance sus objetivos y, que éstas se encuentran íntimamente ligadas al conocimiento del medio, la experiencia y una buena formación.

Si el conjunto de actitudes del educador no son las apropiadas, los resultados finales son desfavorables porque el educando detecta esa negatividad y la interpreta como falta de aprecio hacia su persona que conlleva una rápida desmotivación. También incidirá en la motivación del educador que dedicará menos esfuerzos al proceso. Por el contrario, si la actitud del educador es positiva, el proceso será más exitoso. Bastará con que este conozca el perfil y los intereses de los destinatarios, tenga unas expectativas positivas acerca de su nivel y considere favorable la influencia que ejerce en los educandos.


2. FRACASO ESCOLAR / FRACASO PERSONAL

Hace algunos meses, se me brindó la posibilidad de conducir una clase durante los cursos de Formación Ocupacional que impartía el centro en el que realizaba las prácticas. Al finalizar la animada sesión, un par de muchachos se quedaron en clase y entablamos conversación sobre diferentes temas. En un momento preciso de la charla, uno de ellos reconocía insistentemente su condición de fracasado: tenía muy interiorizado que era un desperdicio escolar y, que fruto de aquello se encontraba allí conmigo. Me impactó mucho aquella apreciación y busqué una respuesta simple que liberara a aquel muchacho de la pesada losa que arrastraba. Creo que aquello que le dije lo había leído en algún sitio o alguien me lo había comentado. Daba igual. Lo importante fue que resultó ser un milagroso bálsamo que curó unas heridas cicatrizadas hacía mucho. Simplemente dije: “Tú no fracasaste, fracasó el sistema”. Le expliqué que aquella situación no era principalmente originada por el, sino por una educación anquilosada que no había sabido motivarle lo suficiente como para inquietarle por conocer. Le animé a seguir un camino basado en la ilusión y abandonar la frustración.

Esta anécdota puede relatar fielmente el sentimiento de cualquier fracasado escolar. Ellos, lejos de reconocer carencias en nuestro sistema pedagógico, asumen por completo la culpa de su situación y se erigen como máximos responsables de ese fracaso. El fracaso personal no tarda en aparecer. Estigmatizado desde pequeño, el estudiante adopta un posicionamiento rebelde. El desfase intelectual aumenta y se empieza a forjar una imagen distorsionada de su situación en la escuela. Actúa a la defensiva e intenta distanciarse lo más posible de aquella realidad que se le antoja ajena.

En una sociedad enferma de titulaciones, bajo el yugo del eterno desempleo, esa identidad adolescente se transformará en un sentimiento maduro de continua frustración. Pudiendo acceder exclusivamente a aquellas tareas destinadas para los que no tienen estudios, quizás críe a sus hijos en el resentimiento hacia unas instituciones que le han sido hostiles.

No podemos olvidar las espantosas cifras que nos inundan en época de exámenes y que, reiteradamente nos evidencian la angustia, ni el desasosiego que puede llegar a crear la escolarización: intentos de suicidio, fugas del hogar familiar, … La presión que se traslada a los educandos es siempre desmedida y, si recordamos que aún están en pleno desarrollo, esto puede traducirse en graves trastornos emocionales de secuelas irreversibles.

¿Es acertado nuestro sistema docente? El magisterio se encuentra sumido en una profunda reconversión desde sus inicios. Evoluciona paulatinamente, aunque dejando siempre un cierto amargor. La educación formal parece avanzar a trompicones forzada por los cambios sociales. Actualmente, estudiando la reciente implantación de la LOGSE, podríamos decir que se avanza en la resolución de estas determinadas problemáticas, pero que ese avance nos parece insuficiente. Sin duda, debemos citar la educación no formal como fuente del trabajo profesional dedicado a reciclar y recuperar muchos de los desastres provocados por la escuela formal. Es inconcebible en la actualidad una acción educativa sin contar con el apoyo de profesionales especializados en la educación social.

¿Tiene nuestro sistema unos profesionales adecuados? Esta pregunta, de muy difícil respuesta, podría ser una de las claves en este conflicto. No hemos de olvidar que la educación evoluciona, pero aún más lo hace la pedagogía. Deberíamos reciclar a nuestros profesionales continuamente, ya que de este modo conseguiríamos que se impulsara desde este colectivo docente los cambios necesarios para poder solucionar unos problemas que no se ven desde los despachos de los ministerios.

Nuestra apuesta debería estar encaminada a impedir el fenómeno del fracaso escolar y, no tanto, a recuperar aquellos casos que ya han sufrido este maltrato institucional. Sólo de esta forma nos aseguraremos que las personas se formen en igualdad de condiciones y tengan posibilidad de emerger de posibles reductos de marginalidad en los que estén sumidos.

En la actualidad, los educadores sociales sólo pueden presentar alternativas a la escolarización formal para todos aquellos que sufrieron algún tipo de fracaso escolar. Aunque tras la extinción de recursos como el Aula Taller se temía por la atención al colectivo castigado por el fracaso escolar, se crearon diferentes formas de atención acorde con la nueva realidad educativa. Seguramente, pasará tiempo antes de que estos reajustes realizados se amolden por completo y fructifiquen, pero no debemos olvidar el carácter innovador e inquieto de la Educación Social en busca de respuestas, de soluciones a cualquier problema pedagógico que pueda presentarse.

Aunque pueda parecer una paradoja, el fracaso escolar está eminentemente focalizado en un sector determinado de la población, una porción que arrastra otro tipo de problemáticas diversas. Este tipo de fracaso es sólo uno más de los que deben afrontar en su vida cotidiana, y por ello debemos ser conscientes de que no es una quimera tan inalcanzable y será posiblemente la herramienta más accesible de la que podrá disponer una persona inadaptada para reintroducirse socialmente. Si liberásemos a muchos adolescentes que actualmente se hunden en su escolarización, resolveríamos indirectamente un buen número de dificultades a las que sin duda y con menos suerte, se deberían haber enfrentado en un futuro no demasiado lejano.


3. TRABAJO CON LA FAMILIA

Cuando los destinatarios de una determinada intervención son menores de edad, no podemos obviar que viven aún sumidos en un ambiente, presuntamente protector, del que dependen totalmente. La familia se conforma en esos años como el núcleo principal de referencia del menor siendo, incluso, la precursora de su socialización primaria. Vemos, por tanto, la importancia de que la relación bidireccional que deben establecer un menor y su familia es vital para el futuro desarrollo del pequeño.

La falta de autoridad, el paternalismo, la permisividad sin límite o, por otro lado, el excesivo autoritarismo y los maltratos, constituyen elementos distorsionadores de las conductas de los menores.

Aunque existen una serie de profesionales especializados en el trato con familias y que actúan conjuntamente con el educador social (trabajador social, trabajador familiar, educador familiar, …), éste también debe establecer vínculos con la familia del menor si considera que ello paliará una serie de necesidades detectadas en él.

Vemos, por tanto, que el objetivo de la intervención continúa siendo el menor, aunque en ocasiones se expande el radio de acción para trabajar con la familia en aspectos que se consideren relacionados con la situación actual del menor.

El tipo de contactos establecidos con la familia son de muy variada índole, ya que la Educación Social aborda innumerables situaciones cotidianas en muy diversos ámbitos. Si bien en ocasiones el trato con la familia no fructifica y no se alcanzan resultados positivos, en la mayoría representan un valor fundamental de apoyo para la intervención.

Un educador social nunca debe suponer una injerencia en el trabajo de los otros profesionales especializados en el trato con la familia, ya que no es esa su principal actividad. Éste debe limitarse exclusivamente a las actuaciones que considere fundamentales para la evolución positiva del educando y en caso de detectar carencias graves en el seno familiar, contactar con profesionales mejor preparados para afrontar esta serie de situaciones e intentar trabajar conjuntamente por el bien, tanto del menor como de su familia.

Situaciones cotidianas que a la familia pueden pasarle inadvertidas, pueden suponer un indicio estable de que existe una situación problemática. Es trabajo del educador establecer contactos con la familia e intentar descubrir la raíz del conflicto. Personalmente, trabajando en el recurso de Aula Taller he podido apreciar este aspecto con claridad.

Al centro acudían una veintena de menores, la mayoría de ellos con problemática de fracaso escolar, deficiencias económicas y desestructuración familiar. El recurso disponía de unos contactos estables con las familias, necesarios para la inclusión de los menores en el proyecto educativo. Pese a disponer de unas reuniones pactadas, en las que se evaluaba la evolución del alumno, en muchas ocasiones era necesario disponer de reuniones extraordinarias para tratar problemáticas determinadas: episodios de absentismo, conductas histéricas, apatía repentina, abusos sexuales, peleas, conductas inapropiadas, robos …

En muchas ocasiones estos comportamientos estaban ligados a situaciones presentes de inestabilidad en el seno familiar: muerte de un familiar allegado, abandonos, discusiones, aprietos económicos,… Por ello se hacía saber a las familias dichas situaciones y se intentará hallar una solución. En muchas ocasiones, la desinformación era la detonante de la problemática, en muchas otras, era una inadaptación continuada o incluso su reciente contacto con una cultura totalmente distinta.

Aunque en muchas ocasiones no se lograban remediar los comportamientos en el medio, otras veces la mediación familiar resultaba determinante para la resolución de esos determinados tipos de conflictos. No podemos obviar que en un reducido, pero preocupante, porcentaje la intervención familiar resultaba negativa. En varias ocasiones determinados padres infringieron maltratos a sus hijos en respuesta a las advertencias que el educador le hizo llegar. En esta serie de situaciones fue mas desastroso el remedio que la enfermedad, ya que el menor no aprendió nada positivo de aquella experiencia.

Si bien es cierto que depende mucho del tipo de familia con la que trabajemos, lo que sí está claro, es que es un recurso al alcance del educador que no puede ser desestimado. Un cúmulo de acertados contactos puede provocar un cambio de enfoque en el modelo de educación familiar, con el respectivo beneficio para el menor.


4. FUNCIÓN DEL ALUMNO DE D.E.S. EN LAS PRÁCTICAS

El papel que pueda adoptar un alumno de la Diplomatura de Educación Social en su lugar de prácticas depende totalmente de la idiosincrasia del centro. Si un centro acepta a un alumno en prácticas para beneficiarse de las contrapartidas que eso supone y no tiene realmente estructurado su papel jerárquico, dejará muy pocas posibilidades de desarrollo personal a ese alumno. Si por lo contrario, el centro reconoce el papel del educador en prácticas como vital para la formación final del estudiante y posibilita su desarrollo, ese estudiante tendrá una oportunidad real de demostrarse a sí mismo y a las personas que le brindan esa oportunidad sus habilidades y potencialidades.

En general, y cuando digo esto vengo a referirme a la situación de todos los estudiantes en prácticas de cualquier tipo de disciplina universitaria, los alumnos suelen superar en sus expectativas a la realidad que se les avecina.

Hay estudiantes de periodismo que no hacen más que servir cafés, de económicas que repasan interminables listados informáticos, de medicina que exclusivamente acompañan a los doctores como si fuesen guardaespaldas,… En Educación Social los hay que han estado descansando un par de mañanas al año, teniendo todo el tiempo del mundo para elaborar su memoria (¿sobre qué?), que realizaban labores de guardia jurado en actividades de talleristas, que se paseaban por el centro sin saber que hacer o, directamente, no asistían a las prácticas alegando mil motivos durante la mayor parte del año. Éstos son los menos, aunque su descontento es más válido que el orgullo de otros diez a los que las cosas les han salido mejor.

Hay una serie de puntos que se deberían tener en cuenta antes de iniciar las prácticas. En primer lugar, la Escuela Universitaria debería contrastar mediante informes o entrevistas la idoneidad de ese centro como albergue de prácticas. Estudiar detalladamente la opinión personal de los alumnos en sus memorias ayudaría en gran medida a establecer posibles centros que no respetan el espíritu de las prácticas universitarias. Debería crearse un grupo homogéneo de centros, en los que se actuara con patrones de profesionalidad cercanos y establecer con ellos la base de datos de la cual se extraen los listados que se facilitan a los alumnos. En segundo lugar, se debería facilitar una información más amplia a los alumnos sobre las actividades del centro al que se dirigen, ya que la escueta descripción de los listados es totalmente insuficiente, y los alumnos deben decantarse casi al azar. Por último, debería establecerse un control más riguroso en la evaluación y el seguimiento del alumno, ya que acabado el cuatrimestre, la imaginación aflora para adornar los cuestionarios de evaluación.

Podríamos discutir también la necesidad o no de establecer unas prácticas durante todo el año, de intensificarlas para compendiar en unos meses todas las horas exigidas, o por lo contrario facilitar su realización desde el segundo curso de Diplomatura. Este tipo de apreciaciones merecerían ser estudiadas con detenimiento, ya que muchas de las personas que acuden a este tipo de estudios los compaginan con actividades laborales en ocasiones nada vinculadas a la intervención social. La imposición de un determinado horario rígido e inquebrantable dificulta, en ocasiones, el desempeño de esa actividad. Podría estudiarse la posibilidad de que el alumno pactara con el propio centro el horario y poder así acabar de diseñar su currículum de la forma más adecuada. El único inconveniente que tendría esta opción sería la desaparición del seminario como foco de encuentro obligado. Esta opción podría pasar a considerarse libre y establecer un sistema de tutorías similar al utilizado en la realización de proyectos de intervención.

Si nos centramos en lo que ha sido la actualidad de las prácticas, podría decir que personalmente he tenido que buscarme un hueco y sacrificar horas lectivas de asignaturas importantes para poder aprovechar las prácticas. El horario que me sugerían desde la Universidad coincidía con días de práctica tallerista en las que el educador no era necesario. De haber seguido todo el año aquella dinámica me hubiera agobiado e incluso podría haber llegado a aborrecer las prácticas: no he estudiado tres años de Educación Social para asistir de observador a clases de dibujo.

Aquel cambio de horario supuso una variación del panorama educativo y pude comprobar el sentido real de las prácticas: dirigir sesiones, realizar informes, promover actividades,… Del interés que demostré y mi supuesto buen hacer obtuve una respuesta satisfactoria: me contrataron como educador para cubrir una vacante. A partir de aquel momento las prácticas dejaron de tener sentido, ya que había dejado de lado los experimentos y las observaciones para convertirme en único responsable de mi intervención. No discuto que fuese una elección precipitada, pero lo que si es cierto es que fue muy provechosa. En poco tiempo tuve que enfrentarme a una serie de situaciones que no me contaron en clase y que nunca hubiese visto siguiendo el patrón de prácticas establecido. Por el contrario tuve que dejar a un lado la asistencia a la Universidad, aunque a excepción del seminario no tuve objeción alguna en recuperar de algún modo aquellas faltas. A ser sincero creo que me ha enseñado mucho más estos pocos meses de intervención real, que todas las charlas que se han llevado a cabo durante el último seminario. He trabajado la totalidad de los temas casi por inercia y eso es una experiencia que no termina olvidándose tan fácilmente como una exposición preparada apresuradamente para un día determinado.

En conclusión, podríamos decir que el papel que adopta un estudiante en prácticas es muy relativo y depende de gran número de factores. No podríamos hacer una visión estereotipada, ya que no sería fidedigna. Lo que si se podría elaborar sería un estudio estadístico en el que los estudiantes de forma anónima puntuaran sus experiencias. De este modo tendríamos un referente de estudio para pulir posibles aspectos determinados.


5. DISTANCIA AFECTIVA ÓPTIMA

Tal y como comentábamos en el tema de las actitudes, aquí, al tratar la distancia afectiva óptima, topamos con el mismo tipo de dificultades. La vertiente emocional humana toma un papel decisivo en las relaciones interpersonales y no podemos evitar dejarnos llevar por afinidades o diferencias. En Educación Social, la distancia afectiva óptima es uno de los puntos más importantes. Sólo cuando el educador establece una relación verdaderamente profesional puede resolver situaciones conflictivas.

Si en psicología lo idóneo es no tener conocimiento previo alguno del destinatario, ya que así se asegura la imparcialidad y objetividad del observador, en Educación Social no se debe confundir la empatía con la simpatía (situación más probable) o dejarnos arrastrar por cualquier prejuicio.

El educador social, cercano a todas las historias que diariamente se le presentan, debe establecer un filtro emocional consistente en una observación crítica de las situaciones que se le presenten. Este filtro no debe significar un hermetismo escéptico o un comportamiento aséptico: la clave se encuentra en saber aplicar la empatía.

La empatía, consistente en posicionarse en la situación del destinatario, es tan importante porque permite identificar la necesidad y perfil del educando, hacerse una idea en cada momento en relación a lo que piensa el educando y permite ayudar a ésta a alcanzar sus objetivos. También facilita la adaptación necesaria para cada tipo de educando.

El esquema básico del educador en la intervención socioeducativa, en un escenario ideal, se representa con una observación de los hechos, una interpretación de causas y efectos y una actuación consciente.

Este mecanismo contribuye al establecimiento de la distancia afectiva óptima, que se puede definir como el posicionamiento afectivo y relacional del educador por los menores con los que trabaja evitando una proximidad afectiva excesiva que podría dar lugar a identificaciones negativas, dependencias afectivas, proteccionismos, implicaciones excesivas de la vida privada en la profesional y a la inversa, …

Este posicionamiento evita también un distanciamiento excesivo que podría crear un clima de frialdad relacional y de falta de confianza; dificulta la necesaria predisposición hacia las peculiaridades de la intervención socioeducativa con menores y desviar la correcta comprensión de los diferentes procesos evolutivos, individuales y colectivos.

Este difícil ejercicio, de control del acercamiento y distanciamiento hasta alcanzar una dorada mediocridad platónica, llevado a la práctica es muy complicado de desempeñar. En muchas ocasiones, parece inevitable un acercamiento por afinidad, quizás por el carisma que suelen ostentar personas de determinados colectivos o por su fragilidad. Nuestra admiración o compasión puede hacernos perder la objetividad y con ello el sentido de la intervención. Por el contrario, determinados individuos pueden producirnos una repulsión irracional, ya sea por su aspecto físico o por su comportamiento.

En el centro en el que he trabajado hemos podido experimentar ambas posibilidades. Por un lado, había educandos que daban una increíble sensación de desprotección e invalidez y, por otra, algunos que ponían la paciencia al límite. Era inevitable caer en la trampa de vez en cuando, aunque finalmente siempre se establecían unos criterios comunes para no cometer injusticias sin justificación.

Hubo algún caso en el que el educador mostró una aversión exacerbada hacia un educando determinado, uno de los casos más difíciles del centro, y aquella relación finalizó en una expulsión indeterminada. En mi opinión, y tras conocer la realidad existente, encuentro casi justificable la reacción del educador. Un cúmulo de abusos sexuales, agresiones verbales, violencia física,… no es de extrañar su reacción. En determinados recursos de medio abierto, el contacto con los educandos es tan intenso que puede originar algunas situaciones tensas. En aquel centro en concreto, las medidas coercitivas no estaban lo suficientemente delimitadas y existía un conflicto de poderes. Por el contrario, la acción vivencial del educador propiciaba que los educandos tuviesen un referente estable cercano, al que en ocasiones llegaban a pegarse como una lapa.

En mi opinión, la distancia afectiva óptima no es un punto en una línea emocional, sino que representa una franja de esa línea. El educador tiene un margen respetable de actuación dentro de esa línea y unas veces estará más cercano y otras más distante al educando. Es inevitable que nuestro estado de ánimo o nuestro carácter propicien la cercanía o el alejamiento de otros humanos: somos una especie social y estamos continuamente sometidos a situaciones relacionales. El problema se origina cuando nuestras emociones entorpecen nuestro trabajo, ya que trabajamos con personas, con personas con dificultades que requieren nuestra ayuda y no nuestra compasión o desprecio.

6. LO COTIDIANO COMO POSIBILIDAD EDUCATIVA

El medio abierto es uno de los ámbitos más interesantes que podemos encontrar dentro de la Educación Social. La posibilidad de trabajar en la realidad cotidiana de los educandos nos permite poder llegar con mayor facilidad a éstos y conseguir un mayor interés. Si recordamos que los tipos de colectivos con los que trabajamos muestran una serie de características muy determinadas, podríamos concluir que sería imposible abordar sus problemáticas sin estar inmersos en su realidad.

En su mayoría, los educandos que recibimos son personas con diversos grados de inadaptación y esa es la problemática central a la que debemos hacer frente. No podemos educar en la socialización de una forma correcta sin potenciar la sociabilidad de los educandos y no podemos potenciar su sociabilidad lejos de su realidad cotidiana.

Desde el día a día se nos simplifica el ejercicio empático, ya que estamos vinculados a la problemática del educando en primera persona, y nos permite improvisar materiales y mecanismos que están latentes en la sociedad, esperando que alguien aproveche su enorme potencial educativo.

Alguien dijo alguna vez que era posible educar sin libros, incluso aprender sin educadores. Los profesionales hemos de facilitar las herramientas necesarias a los educandos para desarrollar su autonomía, no bombardearles con grandilocuentes párrafos de aburridísimos libros o con charlas densas y vacías.

Las especiales características de estos colectivos nos obligan a improvisar en la búsqueda de nuevas formas de enseñanza, simples pero efectivas, que refuercen nuestra labor. En educación lo importante es el educando, no el método. Cualquier método, por absurdo que parezca puede resultar efectivo si se sabe aplicar racional y sistemáticamente.

Jaume Trilla firmó una publicación en la que trataba diversas formas de libros de textos, algunos de ellos casi inverosímiles, que por sus innovadores planteamientos podían ser perfectamente válidos desde el punto de vista del educando. Lo más importante es trabajar la motivación, ya que cuando el educando se interesa por una serie de aprendizajes lo más difícil ya se ha realizado.

Si dejamos a un lado los libros de texto clásicos, podemos ver que se nos abre un abanico de posibilidades infinito. Desde el periódico a la televisión, pasando por la simple observación, nos son totalmente válidos para aprender sobre cualquier cosa. Revistas de automoción, prensa rosa, publicaciones sensacionalistas,… todo aquello que ellos pueden oír y ver en la sociedad actual puede aportarles algo. Podríamos incluso bajar a un nivel menor y utilizar su propia realidad personal para trabajar contenidos, actitudes, mecanismos,… Hacer la compra acorde a un presupuesto inicial es algo muy sencillo y cercano, que por un lado nos enseña a administrar nuestro dinero, a establecer una dieta equilibrada, conocer la composición de los alimentos o ayudarnos con las matemáticas más simples. También podemos trabajar con la gestión de trámites oficiales, las relaciones con la comunidad de vecinos, el mantenimiento de nuestro vehículo, las tareas del hogar,… Todo lo que nos sucede a diario y, que a veces nos pasa inadvertido, puede ser utilizado para enseñar.

En muchas ocasiones, esta posibilidad es la única que se nos presenta. Hay situaciones determinadas, esas inesperadas ante las que el educador debe responder sin vacilar. Es muy importante que el educador inspire confianza y que los educandos crean que tiene algo que ofrecerles. La educación en este ámbito es un poco “quid pro quo” (una cosa por otra), así que si como educador tienes algo que ofrecer a tus educandos, éstos te respetarán.

Podemos aprender de nuestros errores, de los errores de otros, de episodios problemáticos a los que nunca antes habíamos dado importancia o de conflictos a los que nunca buscamos solución.

La realidad es que es muy dificultoso enfrentarse a ese inesperado cotidiano, pero la experiencia facilita herramientas prácticas que agilizan su desempeño. En una profesión en la que los medios económicos escasean, la imaginación es la mejor aliada del profesional, teniendo en muchas ocasiones que utilizar mecanismos baratos pero efectivos, buscando siempre la simplificación.

Este método de aprendizaje tan vivencial permite que el educando interiorice más fácilmente los contenidos que se le ofrecen, con el consiguiente beneficio que ello comporta.
 

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