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 Diplomatura de Educación Social - 1997 / 1999 - Firehaired

CONTRA EL PENSAMIENTO ÚNICO

según Joaquín Estefanía , eminente columnista y contertulio radiofónico, la debacle del Estado del Bienestar se agudizó tras la reunificación de las Alemanias Democrática y Federal, aunque agonizaba ya desde la década de los 70.

Argumenta su postulado basándose en las crisis, notables e incontroladas, acaecidas en el seno de los diversos estados bienestantes, que acabarían comportando la aparición de figuras gobernantes conservadoras, reacias al keynnesianismo creador de demanda, y conformando un sistema restriccionista, rácano en lo social, que gracias a su influencia mediática se abrió un sendero universalizador (¿luminoso?).

Aunque pueda no parecer cierto, un actor norteamericano de reparto, obsesionado por la reducción de impuestos y el recorte de los gastos sociales, logró llevar a cabo su política presidencial reduciendo por debajo del 7 % la tasa de paro, minimizando la inflación, y manteniendo el crecimiento interior bruto en un 4 % anual. En una sociedad en la que las cifras mandan, despejando posibles dudas ideológicas, se priorizó la economía del momento (como siempre) a posibles impactos posteriores, lo que actualmente conocemos como desorbitadas cifras de desempleo, polarización económica, sistemas de enseñanza desvirtuados y estériles, ausencia de un sistema público de sanidad,... Es decir, que aquella que se jacta de ser la primera democracia del mundo (pero que aún aplica la pena de muerte) porque realiza comicios hasta para elegir a un sheriff paleto, es la menos igualitaria y la que menos procura por la mayoría de sus ciudadanos.

El sistema inglés, siempre tan estirado, vio a manos de una dama de hierro, antigua secretaria adjunta del Ministerio de Pensiones y Seguridad Social británicos, su panacea económica. Como su colega americano relanzó la economía a niveles insospechados, siendo admirada como profeta de la política económica conservadora en Europa, futuro de la humanidad. Tras su estela ha quedado una realidad bien distinta: la que fue cuna de la Revolución Industrial ha visto crecer su índice de desempleo alarmantemente, situación que queda patente, de manera ejemplar, en películas inglesas de reciente rodaje, como “Full Monty”.

Tal y como comenta el texto, durante la década de los 80, y en el incomparable marco de la guerra fría, se cuestionó la universalidad de la protección y otra serie de aspectos íntimamente ligados a las políticas del bienestar. La auténtica verdad, el dogma de fe de las tesis conservaduristas debía aflorar y mostrar al mundo su legitimidad.

Así pues no debemos alejarnos demasiado de nuestra realidad cotidiana para poder observar los frutos de las políticas finalistas, aquellas que divinizan la economía, loan el libre mercado, rezan al son del baile de cifras económicas de sondeos gubernamentales, y satanizan a sus detractores.

Como hemos podido observar, España va a remolque de la cruzada europea. Somos cola de león sin posibilidad de ser cabeza de ratón.

Nuestro Estado del Bienestar comenzó su andadura a mediados de la década de los 70, extrañamente amparada por la hecatombe europea. Tras una cruel dictadura que nos recluyó en un régimen de auto-suficiencia forzada, debido al impacto del embargo internacional, el único legado que obtuvimos fue un puñado de empresas públicas deficitarias y muchos puñados de obreros cuya movilidad comportó la explosión demográfica en reducidas parcelas de terreno actualmente llamadas grandes ciudades.

Primero los centristas y más tarde los socialistas, hilvanaron una realidad social y política a espaldas de la realidad continental. Una situación de privilegio como la nuestra, que podía haberse servido de la enmienda de errores de otras naciones, resultó ser un fiel calco de la Europa de capa caída, pero con casi tres décadas de retraso.

Fruto del desencanto de la ciudadanía, de la constatación de abusos y malversaciones de fondos públicos, producidos por una gestión partidista e interesada, la España de a pie y de callosidad en mano decide romper una lanza en favor de la derecha, siguiendo la tónica europea (los franceses, afortunadamente, rectificaron poco más tarde). Desde ese mismo momento, la economía nacional se dispara, las cifras se asemejan (en la medida de las posibilidades) a las citadas anteriormente en los casos inglés y americano, y los resultados a corto plazo parecen muy gratificantes. Existe una única salvedad, un pequeño problema que impide la plena equiparación de nuestro gobierno actual al del resto de conservadores afincados por el mundo: no son capaces de obtener mayoría en los comicios y se ven obligados a gobernar en coalición. Este pequeño contratiempo permite que los derechos de los ciudadanos no se mancillen a ritmos universales. Pequeños conatos de reforma laboral y recorte de pensiones, de minimización de subvenciones y ayudas, de enfatización de contenidos nacionales en materia docente,... no prosperan a la velocidad prevista debido a la intervención de los socios nacionalistas, que funcionan como filtro preconsciente a los impulsos del gobierno inconsciente. Por tanto los trapicheos de burger & beers y tea & cakes no se antojan, por ahora, a sus anchas por la piel de toro.

Nuestro sucedáneo de Estado del Bienestar agoniza más lentamente. Las reformas laborales no son tan tajantes, la sanidad pacta mínimamente con la gestión privada y la enseñanza es menos mala si la comparamos con la de otros países. A un país en el que florecía el Estado del Bienestar le han importado una crisis que no le pertocaba, aún.

Sin duda, todo esto es por culpa del euro, del Gobierno de los Quince y un tal Maastrich, que debe ser el Bossman de la política. Que España va bien lo sabe todo hijo de vecino, pero, ¿va todo lo bien que podría ir? Claramente no. Mientras nuestro gobierno considere que la enseñanza y la sanidad públicas son un lastre, que las empresas públicas son insoportablemente deficitarias, que se gasta demasiado en el nosequé social,... hasta que no se resuelvan estos pequeños conflictos que nos amarran, que impiden que no seamos pasto del mercado en estado salvaje, España no irá ni la mitad de bien que el resto de sus socios europeos.

Al igual que hicieron con ciudadanos americanos e ingleses, nos han llenado la cabeza de falacias y nos hemos llegado a creer que la reforma laboral, favorecedora de un despido casi libre y que aventaja tipos de contratación putrefactos, ayudaría a la formación de empleo estable. Nos pasan por los morros las cifras del mes de agosto y brincamos de alegría (en agosto una cuarta parte de España disfruta de sus vacaciones pagadas, otra cuarta parte disfruta de las vacaciones escolares y los viajes del INSERSO, y dos cuartas partes aprovechan el filón de trabajo precario y explotador que suponen las vacaciones de la primera media España). Nos llenan los ojos de pan contándonos el cuento del patito feo que estará a la cabeza de la implantación del euro, defenestrando a la peseta (snif).

Tenemos muy poca memoria histórica y un exacerbado sentimiento europeista. Aquello de Spain is different quedó aparcado: sol, toros, paella y sangría están sujetos a la ley de la oferta y la demanda, como todo en todos sitios. Apelando a la memoria, y reflexionándolo con frialdad, podríamos aducir que estamos sufriendo las consecuencias de aquello que llamamos ley de vida.

Así como nos es irremediable escapar de la vejez, seguramente nos es imposible escapar también de nuestro propio monstruo. Si recapitulamos allá por los albores de la civilización, veríamos a unos cuadrúpedos, casi bípedos, que se hacían un sitio en la naturaleza. Pues bien, quien es capaz de discutir que la primera comunidad organizada de estos seres no se constituyó a partir de un contacto esporádico con carácter de permuta. Con el tiempo y la evolución, llegaron los fenicios y más tarde los judíos, artesanos cultivados en el arte del comercio y el trato con el vil metal. Vemos pues que nuestra raza, tipificada de racional, podría ser llamada también comercial, puesto que es el motor de su supervivencia, quizás ese primer motor al que aludía Aristóteles. Solo Jesús pudo echar a los mercaderes del templo, y nos guste o no, ya no está entre nosotros.

Volviendo al texto, podríamos analizar la clasificación que Petrella hizo de las criticas conservadoras al Estado del Bienestar, algunas de ellas en boga actualmente en nuestro país.

Nos dice este ilustre profesor que se dividen en dos grandes grupos: ideológicas y sobre su eficacia, siendo las primeras las más significativas. Cita como primer ejemplo el hecho de que los conservadores están molestos por ciertos derechos previos de la ciudadanía, algunos tan elementales como el trabajo, sanidad o educación, que se anteponen a los deberes. Grave. Muy grave. Esta concepción esclavista de la ciudadanía no puede reportar nada bueno a la sociedad moderna. Una cosa es ser conservador, ir por detrás de los progresistas, pero otra es ir marcha atrás, retroceder en el tiempo para adoptar actitudes fascistas. Debemos recordar que el Estado, el gobierno debe estar formado por ciudadanos para los ciudadanos. Esta jerarquización que se ha establecido, esta diferenciación de clases no ayuda a la conciencia de sociedad compacta y homogénea. Los del vértice anteponen sus deseos oligocráticos a los de la base. Estos postulados son totalmente reprobables, llegando incluso a impactar de lleno en la inconstitucionalidad. Si al hombre social le minimizamos sus derechos, la explotación será tónica general en su existencia. Solo las mentes enfermas, absorbidas por concepciones megalómanas pueden sostener este tipo de actitudes con total convencimiento. Podemos ver por tanto que esta crítica está totalmente infundada y nos muestra el cariz deshumanizado de este tipo de gobiernos.

La segunda crítica pondera la responsabilidad individual, y la relaciona con la anterior argumentando que los derechos previos irresponsabilizan a los ciudadanos. La obediencia sumisa al sistema es lo más parecido que encuentro a esta crítica, teniendo muy claro que aquellos que diseñan estas críticas presuponen no tener que arrastrarse por esta sociedad tecnocrática. Este término de responsabilidad deberíamos enfocarlo dentro del propio Estado del Bienestar, donde realmente podríamos fomentar la cultura del uso y no del abuso, sirviéndose de los beneficios de las políticas bienestantes en democracia con la medida necesaria para poder garantizar el respeto a los derechos del resto de ciudadanos.

La tercera crítica resulta obvia dentro de los esquemas de valores presentados hasta ahora, porque si no se respetaban los derechos constitucionales básicos, ¿como se van a respetar los estrictamente sociales a priori? Mi duda reside en si se considera social cualquier derecho vinculado a la sociedad, al ciudadano, o no.

En la cuarta crítica se nos muestra el epicentro de sus tesis, el foco del que parten los despropósitos de los poderosos. La lógica del mercado. ¿Pero tiene lógica el mercado? En vista de como funciona la humanidad en la actualidad, me atrevería a decir que el mercado no se mueve por la lógica, sino más bien por los impulsos. Si el mercado se moviera por cualquier lógica no quedaría lugar a los imprevistos, todo sería totalmente controlable y quizás el mercado si se constituiría como una herramienta útil al servicio de los gobiernos. Incluso dentro de esta implacable dinámica cabe la razón de la ilógica, pues si la economía no varía radicalmente alguien debe perder en toda lógica de mercado, por lo que se asegura la desigualdad y la antinaturalidad de la diferenciación entre individuos.

La quinta de las críticas es posiblemente la más acertada, dentro de un marco meramente práctico. Es cierto que el Estado se ha prestado a la burocracia, a la corrupción y a la prevaricación de los grupos de interés, pero eso no es causalidad directa atribuible al Estado del Bienestar, sino que es una consecuencia lógica de la injerencia del hombre en cualquier sistema. Vemos por tanto que si escarbamos ligeramente en las lógicas empresariales hallaremos más corrupción y burocracia que en el sistema de Bienestar. El trato de favor, el amiguismo, la competencia desleal, el espionaje,... son inventos del hombre aplicados a la economía de base, columna vertebral de la gran economía. Acorde con lo citado, la hediondez se percibe desde la otra orilla. La autoprotección y el mutualismo, si consideramos quien nos los propone, podríamos considerarlos como desprotección y desamparo a los más débiles, económicamente hablando. Podemos hermanar esta con la siguiente crítica, la sexta, que deslegitima al Estado como regulador por excelencia, ya que prevee la supuesta eficacia del mercado y la hegemonía de fuerzas económicas privadas. Esto, que no es más que un postulado teórico, si nos basamos en la realidad actual, puede ceder en cualquier momento a causa de un enfrentamiento entre fuerzas económicas privadas o por alguna disfunción en un mercado excesivamente especulativo. Volvemos a apelar a los impulsos del mercado por contra de la lógica que defienden los conservadores.

La séptima crítica hace referencia a las nuevas tecnologías, y nos dice que impiden al Estado gestionar a largo plazo. Esta premisa conduce a la confusión, ya que dentro de la propia economía también se desarrolla una crisis tecnológica. Los cambios tecnológicos no deben ser utilizados como moneda de cambio para pregonizar el favor al conservadurismo audaz y monetario, puesto que son inevitables pero totalmente compatible con las políticas del Bienestar. La gestión a largo plazo es la única válida para la consecución de una política eficiente, por lo que las realidades inmediatas (como les ocurrió a Thatcher o Reagan) no son creíbles. Las políticas bienestantes deberían asegurarse la expansión de las nuevas tecnologías para propiciar la búsqueda de nuevos yacimientos laborales y mejoras en la gestión y los servicios de las empresas públicas.

La octava crítica está aún más infundada que las anteriores, pues basa los servicio sociales en la asistencia caritativa. La ignorancia que demuestran es menos grave que su justificación, pues se atreven a argumentar que la pobreza es consecuencia del Estado del Bienestar. Cualquier persona mínimamente situada puede refutar esta máxima, que confunde la caridad con la solidaridad, y la pobreza con la dignidad, quizás porque no conoce otro tipo de gobierno distinto al autoritario y dictatorial, que hacía de la caridad su expiación a la pobreza, pecado que quizás no lamentaban demasiado.

La novena crítica al Estado del Bienestar, se basa en el comportamiento deficitario de las empresas públicas y los numerosos endeudamientos. En este punto podemos compartir la crítica, pero no por ello tender a rechazar el proyecto. La clave para el endeudamiento público es la ausencia de un carácter competitivo en las empresas gubernamentales, que se limitan a ejercer de núcleo ocupacional y resolver las necesidades primordiales sin estudiar seriamente la posibilidad de situaciones excedentarias. Podríamos buscar la vinculación de las nuevas tecnologías y aprovechar el papel dinamizador del Estado para, favoreciendo la libre competencia, asegurarse una posibilidad comercial seria.

La última crítica culpa injustamente al Estado de las disfunciones originadas en el seno de los sistemas de producción y distribución de bienes y mercancias, pues considera que ejerce una injerencia injustificada que ralentiza el ritmo de crecimiento económico ideal. Podríamos considerar que si el Estado no estableciese unas pautas, las empresas ejercerían un abuso continuo, exprimiendo a una mano de obra que no tendría voz y voto en su situación, ni tampoco un sindicato independiente al que conducir sus quejas.

Vemos por tanto, tras este seguido de premisas, que las propuestas de conservadurismo tienen, lamentablemente, un espacio bien delimitado en la sociedad actual. Sus postulados son respetados y alabados por la cúspide de la política reaccionaria y la élite económica actual. Los carroñeros se han servido de un sentimiento de desencanto, provocado por una mala planificación de las políticas sociales y su continua sumisión a los intereses económicos, para instaurar el régimen amoral, egoísta y darwinista, que actualmente conocemos como diestralización. El miedo a la exclusión, al tercermundismo económico, provoca la inclusión, a marchas forzadas, de todo gobierno que se precie en la batalla de los números y la monopolización.

En conclusión, la lógica del mercado solo se basa en la producción excedentaria, en un uso comercial de todas las estructuras políticas, en una tecnocratización de la sociedad y sus elementos diferenciales. Visto esto podemos deducir que no es la base más idónea para la gestión de sistemas sociales, con situaciones eminentemente humanas sujetas a la subjetividad del momento. Nadie dijo nunca que el Estado del Bienestar tuviese que ser excedentario, es más, nadie podría oponerse a que fuese deficitario si se demostrase su capacidad operativa. Alimentado por los impuestos directos, gravando un máximo del 10% sobre la remuneración anual, y procurando por el cumpliento integral del cobro de las tasas, gravando en mayor medida las actividades empresariales, seguramente conseguiríamos fondos suficientes para sustentar un sistema deficitario. Por contra, la ciudadanía no tendría ese sentimiento de malversación de los cobros, pues tendrían muestras palpables de la gestión del dinero. Solo examinando los flujos de conducción del dinero recaudado por los impuestos, podríamos deducir en que punto se pierden o derrochan parte de esos ingresos, haciendo que al final del flujograma las cifras no mostraran un matiz negativo. Lamentablemente el pensamiento único gana terreno a las políticas de Bienestar, por lo que deberemos estar preparados a futuras incursiones malintencionadas que golpeen en la línea de flotación de los intereses sociales desvinculados de la economía competitiva.
 

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