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 Diplomatura de Educación Social - 1997 / 1999 - Firehaired

EL MENOR

1. JUSTIFICACIÓN

Si alguien me preguntara porqué decidí hacer este trabajo, no dudaría en responder que es una deuda personal que contraje tras la primera clase de Seminario de segundo cuatrimestre. Para nada me inquieta que el trabajo pueda no responder a los presupuestos de la mayoría de compañeros, puesto que mi propósito es realizar una introspección personal, un ejercicio de búsqueda de mi gran desconocida: la empatía.

No he querido realizar un trabajo rutinario, una burda transcripción de lo comentado en clase. Nada de tópicos, de trabajo formalista. Puesto que los créditos de Seminario nada tienen que ver con el resto de materias impartidas, este trabajo en nada se asemejará a la simple recopilación y exposición de datos estériles, objetivos y hediondamente impersonales.

Quizá sea mi carácter, apasionado y vivencial, impulsivo e inquieto, lo que me hace ser poco empático. Quizá sea la verdad, tan común y elogiada, la mayor mentira del momento, puesto que todos creemos tenerla incluso defendiendo términos opuestos. Debe ser por aquello de que “el corazón tiene razones que la razón no puede comprender”, será debido a nuestra humanidad subjetiva. ¡Que difícil es ser empático cuando se tiene la razón (o, como en la mayoría de los casos, se cree tenerla...)!

Debido a todo esto he decidido prescindir de la empatía forzada, aquella que se impone en un aula, aquella que debe justificar una nota en un boletín académico, para realizar un proceso de búsqueda personal, intentando un fácil ejercicio de empatía, siendo empático en situaciones que yo considere relevantes... más tarde, con los años, quizás aplique este sistema a la verborrea universitaria, al día a día de un grupo de alumnos que casi nunca dicen lo que piensan y aún menos piensan lo que dicen (sin exclusión personal).

El tema me resulta especialmente atrayente, como diríamos artísticamente: me inspira.

El único motivo por el que realizo un trabajo de estas características (con el sobreesfuerzo que para una persona como yo representa) es adoptar la mirada del otro, ver su realidad.

No siento especial predilección por las estadísticas, los datos y los estudios: a mi me interesa la persona, pero no como integrante de un programa, proyecto o actividad, sino como realidad independiente.

Me gustaría finalizar esta tarea evidenciando que no siempre, en educación social, se resuelven situaciones problemáticas, sino que a veces también se crean o se perpetúan, y que en la mayoría de los casos, estas estadísticas no aparecen en ninguna parte, quizás por conveniencia quizás por olvido conveniente. Por tanto, y en vista del enfoque adoptado, la población a la que haré referencia desde ahora será aquella, en mi opinión, más desfavorecida: los menores de edad.

Sirva pues esta breve justificación para resolver cualquier duda acerca de la intencionalidad o estructura del trabajo, y clarifique la voluntad del que esto redacta.

2. INTRODUCCIÓN


Si realizamos pequeños saltos en el tiempo, podremos ver que, desde antaño, ha habido dos colectivos eminentemente desfavorecidos: niños y mujeres.

En la noche de los tiempos, el hombre que empezó a caminar determino su status acorde con la capacidad física, con la fuerza bruta. Desde entonces, mujeres niños y ancianos se vieron discriminados de las principales tareas sociales. Avanzando en la historia descubrimos un pequeño cambio: los ancianos toman un papel especifico de perpetuación de la cultura, en favor de niños y mujeres que continuaban anclados en el remoto ayer. Y seguimos cabalgando entre siglos y siglos, y descubrimos que los niños y las mujeres continúan igual que hace miles de años, mientras que la rama masculina madura se estructura complejamente hasta formar sociedades avanzadas.

Por suerte, un buen día, allá por el siglo XVIII, aparece un señor llamado Rousseau con un niño de la mano llamado Emilio (lo de la mujer aún va para largo...). Este buen hombre descubrió que el niño no es un intento de hombre (¡oh, sorpresa!), sino que es un ser sensible, que responde a motivaciones determinadas y que exige una serie de aprendizajes adecuados a la edad. Es a partir de este momento que el niño pasa de ser una útil herramienta de trabajo o un nimio caudal de ingresos económicos a ser un lastre hasta los taytantos.

Vemos por tanto que la conciencia de infancia no aparece hasta el siglo XVIII, y por tanto, sufre un considerable retraso respecto a su homónimo adulto. Hoy en día aún existen resquicios de esa inferioridad, agravada en todo momento por la superioridad física e institucional a la que pueden estar sometidos estos adultos en potencia.

Ya en puertas del siglo XXI, la infancia sufre constantes agravios de los que les es imposible defenderse. El perjudicado por excelencia es el menor de edad, que puede sufrir en sus propias carnes las fechorías de sus adultos más cercanos o el deshumanizado trato de las instituciones (que no de los profesionales), motivando así su formación posterior, en demasiadas ocasiones continuadora del legado familiar.

La sociedad actual, preocupada eminentemente del poder, el dinero y la autosatisfacción (aún a ser a costa de otro) tampoco ayuda demasiado. La espiral en la que suelen entrar, casi nunca tiene marcha atrás. Les induce a un circulo vicioso, promovido y convenientemente no financiado por aquellos que en su día detentaron el poder, con miles de promesas de esas que solo sirven para arrancar votos e ingenuas simpatías.

En definitiva, el universo del niño desfavorecido, lejos de ese universo mágico de fantasía e ilusión, es un cúmulo de desengaños y adversidades que acaban por conformar una personalidad determinada, que en no pocas ocasiones desafía la ley de los hombres (nada que ver con la natural), y pasa a formar parte del próximo eslabón de la cadena.


3. EL MENOR EN LOS DIVERSOS ÁMBITOS


Este tercer apartado del trabajo está exclusivamente dedicado a la reflexión de la figura del menor a través de los distintos ámbitos trabajados en seminario. La estructura de la pregunta, conformando un solo bloque, facilita la interpretación de la visión global del universo del menor, ya que en muchos casos se pueden combinar destinatarios, es decir, un mismo niño puede ser participe de los distintos programas promovidos por otros tantos ámbitos de actuación.

Si nos proponemos adentrarnos en la figura del menor desfavorecido, no debemos obviar un factor de vital importancia: la familia. Acudiendo a la labor educativa de la familia como primer referente del menor, podemos observar que conforma una plataforma de actuación vital en todo lo referente a normalización social, es decir, los aprendizajes primarios que la familia ofrece a los más pequeños son los pilares, la bastida sobre la que el menor se sustenta. Tal y como evidenciamos tras observar con detenimiento las circunstancias que envuelven a cada caso particular, descubrimos que los menores con problemas de adaptabilidad social son los predecesores de un penoso legado familiar. En caso de que los más pequeños conserven aún las dos figuras paternas, en innumerables ocasiones padecen un deterioro en la relación afectiva, que puede acontecer desde varios frentes distintos: padre, madre, hermanos... La realidad cotidiana a la que deben enfrentarse diariamente muchas de estas familias, comporta una serie de consecuencias negativas para la normal convivencia familiar. El paro, la economía sumergida, las actividades delictivas, la drogodependencia, y en algunos casos la prostitución, se ceban en gran número de personas, padres y madres de familia. Vemos por tanto que aquello de los referentes estables de comportamiento carece de fundamento en situaciones como esta. En el mejor de los casos los menores pretenden escapar el mayor tiempo posible de las cuatros paredes (si es que se tiene residencia fija) para deambular sin rumbo, pasto de los peligros que encierran las ciudades macrohabitadas y deshumanizadas. En muchos casos se convierten en víctimas y agresores a la vez, fundamentan en su frustración la base emocional, y pierden una motivación especial por mejorar una situación que creen irreversible. Aparecen entonces evidencias de debilidad psicológica, los primeros trastornos de una inestabilidad emocional. Tienden a culpabilizarse de su situación y asumen su baja condición hasta límites de falso autoconvencimiento.

Si la situación familiar se convierte en extrema, el Estado opta por retirar la tutela a la familia natural y, de este, modo crea una situación artificial. Si considerábamos conflictiva la situación del menor en su propio medio, peor aún es esta en un medio residencial. El régimen estricto de este tipo de centros y la diversidad de sus destinatarios, combinado con el aislamiento de la sociedad, hace que se conviertan en autenticas bombas de relojería. La expresión carne de prisión puede empezar a cobrar forma en este momento tan crítico.

Si el menor supera todas las trabas institucionales, como por ejemplo la escuela reglada, quizás tenga una oportunidad. La dura vida de los desprotegidos crece acorde con la edad. Desde el mismo instante en que se cumpla la mayoría de edad, el sujeto en cuestión deberá aprender a buscarse la vida por su cuenta, puesto que de no ser así se convertiría en un lastre eterno. Quizá para los más pequeños, aquellos que pueden incluso haber nacido en prisión, la realidad se presente menos cruda. Si la familia que tienen no es demasiado vil y los mantiene en situaciones aceptables, no descubrirán la crueldad social hasta entrados en la adolescencia. Es a partir de este momento que se desmontan todos los esquemas, que aparecen las primeras pruebas de fuego. La escuela es el primer escollo a salvar. La desestructuración principal es una de las principales causas del fracaso escolar en esta clase de muchachos. Muchos de ellos rebotan de colegio en colegio o son arrinconados al final del aula, pasando curso tras curso, suspenso tras suspenso, hasta obtener un certificado de estudios inservible. Los pocos recursos educacionales primarios que se les han facilitado comportan la formación de un carácter violento, agresivo, que no se sirve del dialogo para expresar sus opiniones. Este factor boomerang revierte especial gravedad cuando el menor abandona la escuela y se enfrenta a la realidad laboral. Debido a su escasa formación, únicamente puede pretender trabajos meramente mecánicos, mal remunerados y muy escasos. La inestabilidad laboral desencadena una actitud pasiva ante su situación, genera una impotencia tal que sepulta al individuo en una fosa de autocompasión. Si la situación no degenera en delincuencia, como principal vía de financiación, este menor se tambaleará desde los dieciséis entre una multiplicidad de trabajos nada gratificantes y menos aún con perspectivas de futuro.

En el caso de que la persona citada con anterioridad se decantara por la vertiente ilegal, podría tener que enfrentarse a la vida carcelaria y a todo lo que ello comporta. Si este mismo muchacho ya experimentó la sensación de aislamiento de una centro residencial, será ahora cuando descubra la cruda realidad del régimen penitenciario. Debido a la lentitud de la justicia, podría estar más de cinco años como preso preventivo. En caso de ser considerado culpable, la vida le mostraría su rostro más amargo. En un edificio sellado podría experimentar todo tipo de sensaciones y circunstancias que jamás hubiera desarrollado en el exterior. Podrá tener en primer plano la realidad de la droga (si es que no está ya enganchado) y el SIDA. Las vejaciones sexuales y las agresiones físicas tampoco le serían desconocidas, así como la evidencia etiquetadora. Poniendo en duda el papel educativo de los centros penitenciarios, podríamos tener a un futuro adulto más peligroso.

Por tanto, tras lo expuesto: ¿que es mejor, el medio residencial o el medio abierto?

La verdad es que la pregunta debería formularse según la elección acerca del menos nocivo. Si en medio abierto obligamos a un chico a llevar una vida pseudonormalizada, manteniendo mediante placebos una situación en declive, en medio residencial le desconectamos de toda realidad social recluyéndole a unas normas demasiado estrictas y privándoles de una infancia a la que tienen derecho. Será que el papel intervencionista es muy bien intencionado, pero poco adecuado, o que la vida en comunidad difiere a la visión que tienen estos muchachos de sus pretensiones. Muchas veces me he planteado la posibilidad de que estas situaciones no convienen arreglarse desde las altas esferas. Las trabas que se presentan a los padres adoptivos, la escasez de presupuestos destinados a programas efectivos, el escaso interés de los gobernantes ante las demandas presentadas... me parece poco menos que sospechoso. Esta opinión personal puede ser fácilmente compartida por muchos de los adolescentes que se enfrentan a este tipo de situaciones, y en ocasiones les sirven como excusa para reafirmar toda una serie de actitudes. La manipuladora sociedad de la información, de la víscera y el morbo gana terreno, y los jóvenes no son ajenos a esta circunstancia. El confuso esquema psicológico que presentan resulta clave para evidenciar su realidad, de la que son participes aunque no siempre responsables.

Dejando a un lado a los menores de los ámbitos de medio abierto, residencial y prisiones, nos adentraremos en un seguido de ámbitos menos sangrantes.

El fenómeno de la inmigración es nuestro país es una constante histórica. Desde los fenicios, griegos, romanos, árabes, hasta los centroeuropeos, orientales, sudamericanos y africanos. Todos ellos dejaron su huella y ayudaron a conformar nuestra actual cultura.

Desde la expulsión de los judíos de manos de los Reyes Católicos, no se había vuelto a vivir una crisis de convivencia intercultural como esta. Los nuevos frentes ultraderechistas azuzan con fuerza y la mala situación económica que atravesamos nos recuerdan aquello de “Santiago y cierra España”. Las recientes olas de inmigración suponen la evidencia de hechos concretos, en momentos decisivos y a personas debidamente escogidas. Pero si es ciertamente complicada la situación de los adultos inmigrantes, ¿cuanto más lo será para los pequeños? En muchos casos, las diferencias físicas conforman el primer escollo. El color de la piel es, hoy por hoy, un condicionante decisivo. Sin tener que recurrir a la inmigración podemos constatar este hecho a través de minorías étnicas asentadas en nuestro país desde antaño, como los gitanos. Cuando una familia llega aquí desde muy lejos, deben recorrer aún un largo trecho. La posibilidad de no poder cubrir las necesidades básicas de los menores debido a la falta de recursos económicos, la dificultad que entraña pasar a formar parte de una nueva cultura, altamente intolerante, aprender un nuevo idioma, nuevas costumbres, sin dejar de lado las antiguas y lejanas tradiciones puede resultar demasiado duro para un menor. Esta serie de circunstancias aumenta si la situación que se padece es de ilegalidad. Este menor, puede devenir uno de los muchachos del primer bloque, y entrar sin pudor en el circuito anteriormente descrito, aunque con el agravante de extranjería. El principal problema radica en que, aunque los hijos de los hijos de los hijos de sus hijos, pretendan normalizarse, no podrán. El color de su piel les evidenciará aunque sean españoles de pro. Puede incluso que por el camino se pierdan las tradiciones y se pase a formar parte del colectivos de extraños en casa.

Si hacemos referencia la ámbito de disminuciones, podemos hacerlo extensivo a todo el resto. Hoy por hoy, tener cualquier tipo de disminución en nuestro país es toda una desgracia. En un mundo que valora la belleza y la perfección por encima de todo, se tiende a ignorar lo normal, lo mundano,... la imperfección. Hiciéramos referencia a la disminución que quisiéramos y halláramos la misma respuesta. Imaginemos por un momento como puede asistir a clase de forma regular un estudiante de reforma con paraplejía, residente a varios kilómetros de la escuela y cuyos padres no disponen de los recursos económicos suficientes como para financiarle un acompañamiento privado o en taxi. Si además consideramos que el autobús de línea que le acerca a la escuela no esta adaptado para recoger sillas de ruedas y que el colegio tiene tres plantas (nuestro protagonista tiene su clase en la última) sin ascensor. Cambio. Tenemos una alumna sorda, ¿porque siendo una eminencia no puede estudiar en un colegio normal y corriente? Fácil, no está adaptada a personas con sordera, sus profesores no conocen el lenguaje por signos. Otro ejemplo. Un adolescente desea asistir al cine, pero como la anterior compañera es sordo:¿porqué no hay subtítulos en las películas?. Más de lo mismo. Un amigo ciego no sabe cuando debe atravesar el semáforo puesto que no está capacitado de dispositivo acústico. Y otro. El primer chico al que hacíamos referencia ha decidido ir al Corte Inglés para comprarse algo de ropa: ¿como que los vestuarios tienen los colgadores tan altos?. Tras esto decido obviar el tema de los disminuidos psíquicos, puesto que en casa solo tengo un bloc de 500 hojas y un cartucho de tinta de recambio. Al menos alguien hace algo bueno: sacar barbies paralíticas y muñecos con el síndrome de Down, para que unos niños puedan tener compañeros de juego a su medida y otros conozcan distintas situaciones de la vida real a la que muchos se enfrentan.

El siguiente ámbito es el más sorprendente de todos. Si hasta ahora hemos visto una serie de ámbitos en los que la población afectada cumplía unos requisitos determinados que condicionasen su exclusión del sistema social, impuesto por el grupo normativo, este es el no va más. Pobre Rousseau, si reviviera se volvía a morir. Este dijo una vez:


(...) LA EDUCACIÓN DE LAS MUJERES DEBE ESTAR TOTALMENTE DIRIGIDA A SUS RELACIONES CON LOS HOMBRES. COMPLACERLES, SERLES ÚTILES, GANARSE SU AMOR Y SU ESTIMA (...).

LAS NIÑAS SON EN GENERAL MÁS DÓCILES QUE LOS NIÑOS Y, EN CUALQUIER COMO TIENEN NECESIDAD DE ESTAR SOMETIDAS A UNA AUTORIDAD (...).

LA PRIMERA Y MÁS IMPORTANTE CUALIDAD DE UNA MUJER ES LA DULZURA... DEBE APRENDER A SOMETERSE SIN QUEJARSE AL TRATAMIENTO IMPUESTO Y LAS OFENSAS DE SU MARIDO.

LAS MUCHACHAS SIEMPRE DEBEN DE SER SUMISAS (...)


Todo un personaje este prestigioso pedagogo, claro que tiene el eximente de haber vivido en el siglo XVIII. Vemos por tanto que si la pedagogía asentaba sus bases, hace menos de dos siglos, en este tipo de argumentos: ¡Cuan salto cuántico! Tras la representación de diosa engendradora ha muerto siempre toda aspiración de la mujer desde antaño a lograr cualquier tipo de reconocimiento. Aquel de la cama a la cocina y por el camino a hostias, ha servido de base a miles de generaciones para marginar a un ser humano cuyo único delito es tener 15 centímetros menos de carne (en pocas ocasiones algo más, en la mayoría mucho menos) va perdiendo hoy su vigencia. Si la mujer en sí ha sido denostada, como lo será aquella que además cometía el sacrilegio de ser menor de edad. En una cultura creada por hombres, la mujer siempre a jugado a la sutilidad, y eso se forja desde la infancia. Desde muy jóvenes se instruía a las muchachas en el mundo del hogar, y se les alejaba del mundo laboral masculino. Pero llegaron nuevos tiempos, aunque quedaron muchas viejas realidades. Aunque bien es cierto que no se puede comparar la situación actual a la vivida hace décadas, la verdad es que aún queda mucho camino por recorrer. Mientras lo aburrido siga siendo un coñazo, y lo bueno cojonudo, nada habremos avanzado. Haciendo referencia la colectivo inmigrante al que nos referíamos con anterioridad, podríamos decir que han sabido conservar fielmente ese modus vivendi de antaño, llegando incluso a exportarlo. Pero aquí llega el problema: las feministas. Estos elementos son igual de sexistas que los espavilados masculinos, aunque menos sutiles que sus homónimas sumisas. Son radicales e influencian negativamente a las futuras generaciones de jovenzuelas que se engañas con la Super Pop, admiran a las Spice Girls (mero mostrador de carnicería adornada de inocencia y ocultador de toda una trama de márketing) y dudan entre los zapatos marrones con el bolso de ante o la blusa a rayas con la falda de botones. Hagan sus apuestas. Si en el colegio, a una clase de treinta chicas y diez chicos le espetan el “vosotras”, el recochineo inicial es de órdago. Las mismas chicas se sorprenden y rectifican al osado. Ese maldito lenguaje,... ¡fuera las haches rupestres y el machismo!, ¡abajo los poetas misóginos de la serpiente escondida entre las flores!, ¡Arriba Juana de Arco, Madame Bovary, Teresa de Calcuta, La Celestina, la Gitanilla, ...! Debemos crear escuela para que las más jóvenes aprendan a ser respetadas en el trabajo, para que puedan cobrar igual que su compañero masculino y no tenga que dejarse meter mano si quiere llegar a algo en esa empresa.


En pocas palabras, y como reflexión final a los ámbitos, me gustaría recordar una famosa plegaria de los piadosos judíos:


“Bendito sea Dios que no me hizo gentil, bendito sea Dios que no me hizo mujer, bendito sea Dios que no me hizo esclavo”


Para reconvertirla en: “Bendito sea el que no me hizo disminuido, mujer, inmigrante o desfavorecido social en general”. Amen. 
 

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