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Licenciatura en Antropología Social - 21 / 03 / 2001 - Daniel Rengel
DROGODEPENDIENTES Y SIDA: LA CONSTRUCCIÓN SOCIAL DEL OTRO
INTRODUCCIÓN
Hoy en día, no cabe duda, que uno de los mayores problemas a los que se enfrenta
la sociedad es el complejo problema del binomio drogodependencias-VIH/SIDA.
Ambos fenómenos guardan características y peculiaridades muy semejantes, por lo
que frecuentemente, tanto la adicción a determinadas drogas, especialmente las
administradas por vía parenteral, como la enfermedad del SIDA, son mal
considerados como “causa” y “consecuencia”, es decir, lo uno provoca lo otro1.
El discurso SIDA-drogas, es una parte importante del desarrollo de respuestas
sociales, en las que la ambivalencia moral se ha articulado como mecanismo de
defensa y de reproducción social (LAMO DE ESPINOSA,1989), circunstancia que
tiene que ver con la perpetuación de desigualdades y la consolidación de un
determinado sistema de control social, más preocupado en eso que han denominado
seguridad, que en la propia libertad (ROMANÍ, 1991:64).
Adoptando una postura crítica de observación y reflexión, podemos apreciar como
en el inconsciente social, aunque en muchas ocasiones puede verse de forma
implícita e incluso verbalizada por los actores sociales, existe un entramado
complejo de significaciones y patrones previos que operan en un nivel
preconsciente y que se encarga de filtrar la realidad por un colador compartido
por el conjunto de la sociedad. Es por tanto, la realidad que surge, una
deformación y distorsión del propio fenómeno.
Este trabajo pretende realizar un abordaje de cómo la sociedad elabora, produce
y reproduce procesos estigmatizadores que desencadenan en prejuicios,
preconceptos e ideas previas, que, de forma general, son tomadas como referencia
de análisis.
En un principio se plantea una base teórica de cómo se originan los estereotipos
y que factores lo construyen y condicionan, nos centraremos especialmente en el
papel que juegan los medios de comunicación y la relación entre normativa
legislativa y actitud. Todo ello quedará meridianamente ejemplificado en dos
casos concretos: drogodependencias y SIDA.
Un segundo bloque girará entorno al ámbito de las toxicomanías y el SIDA. En él
se tratarán temas como las representaciones sociales, la construcción cultural
de lo que es definido como droga y de la noción del propio Sujeto de Referencia
Social, la dimensión simbólica y la relación entre estructura social y
drogodependencia, con la consiguiente diferenciación entre las clases bajas,
frecuentemente asociadas al consumo de heroína por vía parenteral, y las clases
altas, donde predomina mayoritariamente el uso de cocaína por vía inhalada.
ESTIGMA, ESTEREOTIPO Y PREJUICIO
* Estigma, Estereotipo, Prejuicio y Discriminación.
La elaboración, construcción y reproducción de argumentos estigmatizadores no es
algo propio de sociedades y épocas concretas. Estos procesos se deben considerar
como un fenómeno universal y consustancial a la propia esencia humana, ya que se
dan allí donde existan relaciones humanas; su manejo, así pues, “es un rasgo
general de la sociedad, un proceso que se produce dondequiera existan normas de
identidad” (GOFFMAN, 1989:152). Se trata, por lo tanto, de una construcción
cultural de las sociedades, una elaboración basada en creencias que tratan sobre
los grupos que en ésta se desarrollan. Su contenido gira entorno a lo
característico o diferencial de un grupo ( HUICI,1996:170-6). La idea central
para su elaboración está en la diferencia: sólo lo diferente puede ser objeto de
una concepción estereotipada, y por lo tanto, no hay estereotipos sin un grupo
social de referencia. Atendiendo a lo propuesto por Durkheim acerca de las
representaciones sociales, los estereotipos son “sociales en su origen, en su
referente u objeto (un grupo social) y son compartidos.” ( HUICI,1996: 179).
La construcción de un estigma suele realizarse para poner en contraposición la
existencia de un grupo ajeno al considerado como verdadero, por lo tanto debe
hacer referencia a elementos diferentes, elementos propios de ese grupo objeto
de estigma que lo hacen profundamente distinto; es por ello que el estigma sea
“utilizado para hacer referencia a un atributo profundamente desacreditador” (GOFFMAN,1989:13).
Varios autores señalan la estrecha relación que existe entre estereotipo,
prejuicio y discriminación (YZERBYT y SHADRON,1996; HUICI, 1996). Para un
análisis en profundidad vamos a utilizar las aportaciones de Carmen HUICI.
Esta autora nos resalta que el modo de abordar la relación entre estereotipo y
prejuicio depende del concepto de actitud que se adopte. La clave para entender
los estereotipos reside en lo puramente cognitivo por lo que éstos son
entendidos como “el conjunto de creencias acerca de los atributos asignados al
grupo” (HUICI,1996), “son la expresión y racionalización de un prejuicio”, éstos
se ubican en la memoria de los individuos (YZERBYT y SHADRON,1996:115).Los
prejuicios, por su parte, operan en un nivel relacionado con lo afectivo,
definiéndose como “el afecto o la evaluación negativa del grupo” (HUICI,1996).
Por último, la discriminación se relaciona directamente con lo conductual, sería
“la conducta de falta de igualdad en el tratamiento otorgado a las personas en
virtud de su pertenencia al grupo o categoría en cuestión” (HUICI,1996).
Los estereotipos según HUICI “suponen una forma de economía y la simplificación
en la percepción de la realidad”, por lo tanto, son construcciones y
generalizaciones que conforman tipos de grupos a los que se le atribuyen una
serie de características inherentes a la propia cultura del grupo ( HUICI,1996:
179 y ss).
El origen del concepto lo encontramos en la obra de Lippman Public Opinión (YZERBYT
y SHADRON, 1996; HUICI,1996). Esta supone la primera conceptualización de los
estereotipos en las Ciencias Sociales, entendiendo éstos como “cuadros en la
cabeza” que nos dice aspectos de la realidad sin ser necesariamente observados:
“nos hablan del mundo antes de verlo” [...] “en la mayoría de los casos no es
que veamos primero y luego definimos, sino que definimos primero y luego vemos”
( HUICI,1996: 180). Es mediante esa postura construida a priori como podemos
entender al “otro” que es encasillado en relación a una categoría (YZERBYT y
SHADRON, 1996:115). Sería el propio medio social el que establece las premisas
para categorizar a las personas.
La sociedad crea cajones estancos donde se “insertan” los individuos. La
interacción face to face y el intercambio social rutinario están basados en un
self construido social e intersubjetivamente. “Son medios preestablecidos que
nos permiten tratar con “otros” previstos sin necesidad de dedicarles una
atención o reflexión especial”, por lo que al encontrarnos con una persona, y
atendiendo a las primeras apariencias, tendemos a asignarle una categoría que
nos valdrá para descifrar su identidad social (GOFFMAN, 1989:11). En ese momento
se comienza a elaborar la “activación de la categorización Yo-Nosotros-Ellos” (MORIN,1996:206).
* Tipología y formas de estereotipos: aplicaciones concretas en
drogodependencia.
Tomando como base la tipología de estereotipos expuesta por GOFFMAN (1989:14)
podemos distinguir tres tipos muy diferentes:
* En primer lugar, las “abominaciones del cuerpo”, que estarían compuestas por
las distintas deformaciones del cuerpo.
* Luego los “defectos del carácter del individuo” que son percibidos como
“ausencia de voluntad, pasiones tiránicas o antinaturales, creencias rígidas y
falsas o deshonestidad.” Tales conductas son propias de perturbaciones mentales,
repulsiones, adicciones a drogas, alcoholismo, homosexualidad, desempleo,
intentos de suicidio y conductas políticas extremistas.
* Por último, existen los “estigmas tribales de la raza, la nación y la
religión, susceptible de ser transmitido por herencia y contaminado por igual a
todos los miembros de una familia”.
Esta tipología nos va servir para sentar las bases y situarnos desde el segundo
tipo, dónde centraremos especialmente la atención en el ámbito de las
drogodependencias, intentando desarrollar a la luz de TOUZÉ y ROSSI (2001) las
aplicaciones expuestas por GOFFMAN.
TOUZÉ y ROSSI desarrollan cuatro tipos distintos de estereotipos:
* El primero se basa en el “propio concepto de droga”. Éste es uno de los temas
centrales a la hora de abordar los estereotipos en drogodependencia. En un
principio, debemos considerar qué entendemos por “droga” y cuáles son todas sus
dimensiones, especialmente las culturales y simbólicas. Es importante tener en
cuenta que es la sociedad la que determina qué sustancia es droga y cuál no lo
es, por lo tanto, la lógica sociocultural es la que impera por encima de la
científica. Hoy en día, en el mundo occidental, se identifica claramente las
drogas ilegales como extremadamente peligrosas, (cannabis, cocaína y opiáceos),
mientras que son consideradas menos relevantes las drogas como el tabaco, el
alcohol o los psicofármacos por lo que la carga negativa de la representación
social es menor. Éstas son ejemplos claros de drogas sociales comúnmente
aceptadas y legitimadas.2
* Un segundo tipo es el considerado por TOUZÉ y ROSSI como “fetichismo de la
sustancia”, la droga se identifica como un “ente mágico, se le asignan poderes y
capacidades contaminantes, se la explica como algo externo a la sociedad que
amenaza a la “población sana”. Las drogodependencias son explicadas como algo
ajeno a la sociedad, identificadas como una enfermedad, ya que de esa forma se
“ofrece una explicación más tranquilizadora a la sociedad”. Esta es actualmente
la postura reinante, atribuyéndose las causas a factores externos entendidos
como agentes patógenos, por lo tanto, los esfuerzos giran en torno a la
identificación, aislamiento y destrucción de la patología. Es por ello que en el
lenguaje medico-asistencial se usen términos como “luchar contra la lacra del
siglo XX”, “combatir la enfermedad del SIDA”, etc. Este lenguaje nos recuerda
más a una terminología bélica-militar que al tratamiento de una de las
manifestaciones de la sociedad (SONTAG, 1996: 66 y 97).
* El tercer estereotipo identifica a la droga como una expresión de una “actitud
individual o colectiva de oposición a la sociedad”. A lo largo de la historia se
ha identificado al drogodependiente como un hombre joven, heroinómano, que no
acepta las normas sociales y que para correr con los gastos derivados del
consumo de drogas se ve envuelto en situaciones de delincuencia (MARCONI,1997:65).
* Por último remitimos a un cuarto estereotipo que se centra en la “imagen del
usuario de drogas”. El drogodependiente es considerado como una persona
despreocupada con respecto a su propia salud, se entiende que la droga lo
condujo a la “degeneración física, psíquica, moral y va rumbo indefectiblemente
a la muerte” (NEUMAN, 2001).
* Medios de comunicación: implicaciones directas en el proceso de
estigmatización.
Los medios de comunicación son hoy en día una verdadera fuente de poder3. En
muchas ocasiones, que no pocas, quedan alineados entorno a centros específicos
de poder (partidos políticos, sindicatos u otras entidades que de manera
institucionalizada y formalizada desarrollen dicha tarea) (ALEMANY y ROSSELL,
1981). Es notorio como la realidad queda distorsionada, cuando menos, por un
sesgo ideológico.
Esta circunstancia queda meridianamente reflejada en fenómenos como las
drogodependencias o el SIDA, donde apreciamos como la información ha sido
tratada desde una vertiente sensacionalista (MARCONI,1997:66; PÉREZ MADERA,
2000; ALEMANY Y ROSSELL, 1981), se ha creado una imagen diabólica tanto de los
drogodependientes como de la propia enfermedad del SIDA, que ha contribuido a
ser caldo de cultivo de una serie de actitudes basadas en el egoísmo,
insolidaridad y rechazo (PRATS,1997:17).
La construcción sociocultural de las drogas se elaboró en la conciencia social a
través del protagonismo de los medios de comunicación, donde la realidad de la
droga se expresaba en estereotipos sociales o deformaciones distorsionadas de la
realidad (RODRIGUEZ CABRERO, 2001; NEUMAN, 2001). Los medios de comunicación se
encargan de difundir informaciones muy contrarias a los verdaderos
acontecimientos, el equivocado tratamiento ha colaborado a extender el problema
más que a prevenirlo (GAMELLA,1990: 27). A poco que ojeemos la prense diaria,
observamos, como en la mayoría de los casos, las noticias sobre
drogodependientes se relacionan con actos violentos, robos, muerte, etc... “se
ofrece una visión negra que oscurece una realidad social más amplia.” (PÉREZ
MADERA, 2000). Las reiteradas repeticiones de informaciones negativas, han
acabado por propagar una concepción estereotipada del SIDA (SÁNCHEZ, ROMO, PÁEZ,
1996:189).
Siguiendo a Gabriela ALEMANY y Teresa ROSSELL4 “las actitudes de una población
sobre el comportamiento de una parte de la misma no se basan nunca en un
conocimiento objetivo, ni tan sólo aproximado del fenómeno, si éste no forma
parte del bagaje cultural de dicha población y, por tanto, no se ha
experimentado ni vivido”. Las actitudes son consecuencias de “fantasías y
temores que surgen frente a algo desconocido que no se comprende fácilmente,
sobre todo, cuando además atentan contra los valores, las ideas o normas que
prevalecen en esa sociedad concreta”. Anteriormente hemos mencionado el
estereotipo que identifica al drogodependiente como
“hombre-joven-heroinómano-delincuente”, esta visión contribuye a generar en la
población “emociones viscerales-miedo/rechazo-”,(MARCONI,1997:66). Los medios de
comunicación han conectado con dichas emociones, por lo que se ha creado un
clima de temor y desconfianza ante el fenómeno social de las drogas y el SIDA
(ALEMANY y ROSSELL,1981; MARCONI,1997: 66).
* Actuaciones políticas y control social, : ¿origen o legitimación de la
valoración social?
Ante cualquier fenómeno social contemporáneo, podemos observar la existencia de
una estrecha relación entre la normativa jurídica y las actitudes que la
sociedad elabora. Aún no sabemos que se produce antes; ¿Es la ley la que crea
una actitud?, o bien, ¿son las actitudes mayoritarias de la sociedad, las que
hacen que necesariamente queden reguladas sus preocupaciones?. Siguiendo lo
esgrimido por ALEMANY y ROSSELL, podemos afirmar que “frente a determinado
fenómeno que afecta a una población, existe una correlación directa entre las
actitudes de ésta y las leyes y recursos sociales”. Igualmente, los recursos
sociales quedarán “aprobados” y “legitimados” por la sociedad. “Las leyes y los
programas o servicios en un país son el exponente de la ideología dominante
político-técnica. [...] Estas mismas leyes o servicios, generan determinadas
actitudes en la población, especialmente en aquellos sectores que no tienen
fácil acceso a un conocimiento más amplio del problema” (ALEMANY y ROSSELL,
1981).
Esta misma idea es planteada por otros autores que consideran que “las
representaciones y creencias que una sociedad tiene de un fenómeno están
fuertemente condicionadas por el tipo de respuestas institucionales y,
simultáneamente, los mecanismos sociales que ponen en juego para intentar
controlarlo son coherentes con la percepción social dominante” (TOUZÉ y ROSSI,
2001). ”El proceso de valoración social de las conductas acaba expresándose
siempre en forma de usos, costumbres, leyes y normas”, las conductas
consideradas por la sociedad como ilícitas o incorrectas, acaban por tipificarse
como hechos delictivos, y por lo tanto, se sanciona fuertemente al infractor (RODRIGUEZ
CABRERO, 2001). “La alarma social justificará la reacción social a través de la
cual actuará el Estado” (ROMANÍ, 1999:153). “No cabe duda que existe una
percepción negativa y culpabilizante, en muchos casos, sobre dichas
problemáticas. En este sentido, las respuestas judiciales y/o penales que se han
articulado alrededor de las mismas han favorecido la referida perspectiva.”
(PÉREZ MADERA 2000). “Las sociedades legislan queriendo interpretar la actitud
social existente hacia las drogas, prohibiendo o penalizando las que no han
integrado y tipificado una serie de medidas parar controlar los posible daños
que se puedan derivar del consumo de las que están legalizadas” (TORRENS,
1995:9).
Siguiendo los trabajos de G. TOUZÉ, y D. ROSSI (2001), para un buen análisis del
“problema droga” es necesario prestar atención a dos dimensiones: “la percepción
social y los mecanismos de control”. La percepción social está asentada en
concepciones estereotipadas carentes de una objetividad sobre el fenómeno.
Carlos González Zorrilla (citado en TOUZÉ, y ROSSI, 2001) describe una evolución
en las actitudes e imágenes de la opinión pública española, asociada a
modificaciones en las medidas de control implementadas. En ella pueden
reconocerse diversas etapas:
a) En una primera fase, el usuario de drogas es caracterizado como un “enemigo
político”. El consumo de drogas es interpretado como una acción de rebeldía que
cuestiona el orden social establecido. Esta percepción legitima la emergencia de
una respuesta penal: “la cárcel se impone como mecanismo de control”.
b) El consumo de drogas comienza a asociarse a colectivos de jóvenes que habitan
las zonas marginales de las urbes, sus conductas se consideran “desviadas”. “La
representación predominante es la de peligroso para la seguridad pública”. La
respuesta se basa en la reeducación y recuperación social; funciones que han de
cumplirse en hospitales psiquiátricos o carcelarios, sistemas que se pone en
funcionamiento para llevar a cabo las funciones de reparación.
c) La percepción social diferencia entre el “traficante-delincuente” y el
“usuario-enfermo”. Para el primero, se articula una respuesta puramente penal,
mientras que para el segundo, se impone la intervención terapéutica.
d) Carlos González Zorrilla plantea que en la actualidad estamos asistiendo a
una modificación de esta imagen social del usuario de drogas. A éste se le
considera “culpable de diseminar el VIH/SIDA”.
De esta forma, obtenemos a una persona “enferma” que se torna “peligrosa” para
la Salud Pública, siendo las medidas adoptadas de defensa social (de ahí las
numerosas metáforas militares anteriormente comentadas). Por lo tanto, la
tendencia actual gira entorno al desarrollo de políticas punitivas y
sancionadoras, estrategias de control social duro, como la cárcel, y blando, en
el caso de los centros asistenciales (TOUZÉ y ROSSI, 2001).
Por último, vamos a reproducir dos declaraciones, realizadas por ministros
argentinos entorno a la cuestión de las drogas y el SIDA. En ellas apreciamos
como los prejuicios y estereotipos que colaboran en la construcción de las
representaciones sociales del SIDA y las drogas, afectan al propio discurso de
políticos y funcionarios de diversas áreas.
LA CONSTRUCCIÓN SOCIAL DEL “OTRO”: IDENTIDAD EN DROGODEPENDIENTES Y ENFERMOS DE
SIDA.
* La representación social negativa. Estereotipos y prejuicios en
drogodependientes.
El campo de las drogas es uno de los ámbitos de la vida social que más están
sujetos a estigmatizaciones y prejuicios; tal y como señala Durkheim sabemos que
cuando se identifica un determinado tipo de actividad como infamante, “no es
tanto para incidir en los cambios de comportamiento de aquellos que están más
involucrados en aquella actividad, sino para controlarlos mejor, aislándolos del
resto de la población, a la que, al mismo tiempo, se quiere preservar de la
“contaminación de dicho grupo”. (Citado en ROMANÍ,1999:153).
Este fenómeno esta fuertemente enraizado en un proceso de representación social5
negativa. Por tanto, “no se trata de una comprensión científica sino más bien,
de una “construcción subjetiva de mundo social” (MOLINA, CARRIÓN, GALLEGO, 1995:
24). Las representaciones sociales del “problema droga” no tienen por que
corresponderse con las características objetivas del fenómeno en si. Pero, “en
los fenómeno sociales, tan importante es lo que en realidad pasa, como lo que la
gente cree que pasa. Para la gran mayoría de la población, incluidos los propios
usuarios de drogas, el problema se define y las respuestas se diseñan a partir
de una serie de preconceptos y estereotipos”. (TOUZÉ y ROSSI, 2001).
Las representaciones sociales nos permiten una visión global más coherente y
tranquilizadora por el mismo hecho de ser compartida (MOLINA, CARRIÓN, GALLEGO,
1995: 24); éstas nos sirven para comprender los mecanismos que intervienen en
los procesos de estigmatización social y para interpretar la construcción social
del llamado “problema droga” (TOUZÉ y ROSSI, 2001).
Las leyes de la representación social son universales. No es suficiente
determinar objetivamente todos los parámetros del fenómeno, debemos clarificar
la existencia de una serie de elementos que operan en lo puramente afectivo,
como los prejuicios, estereotipos, preconceptos y toda índole de mecanismos
inconscientes, de este modo podremos dar un primer paso hacia una mejor
comprensión del problema de la drogodependencia, sin olvidar que éste no es un
conflicto individuo-sustancia, sino un problema que afecta tanto a los propios
implicados más directos, como a los demás miembros de la sociedad. (MOLINA,
CARRIÓN, GALLEGO, 1995: 25).
Atendiendo a TOUZÉ y ROSSI los efectos a nivel de contenido de las
representaciones son de tres tipos:
a) “Distorsiones: “Todos los atributos del objeto representado están presente,
pero se acentúan o merman de manera específica, es el caso de la representación
de la droga, que torna imposible reconocer la diversidad de sustancias con
diferentes efectos y los modelos de consumo perfectamente diferenciado”.
b) Suplementación: Se trata de conferir a la sustancia tóxica atributos que no
le pertenecen, “capacidades” de producir desviación sin advertir que ésta es
producto de que fueran declaradas “fuera de la norma” y no viceversa.
c) Reducción o rebaja: “Supresión de atributos perteneciente al objeto, resulta
en la mayor parte de los casos del efecto represivo de las normas sociales”. El
drogodependiente es considerado como un individuo que ha perdido toda capacidad
de control. Adviértase la potencia de esta representación como “justificativa
del actuar sobre los “otros”.
* La representación social negativa como origen de la identidad deformada.
La imagen popular del drogodependiente se construye en la opinión pública a
partir de los movimientos contraculturales de los años 60 (ALEMANY y ROSSELL,
1981:10), en esta década se construye en el imaginario social una visión del
drogodependiente deteriorada6, siendo a partir de la criminalización del
“problema droga” cuando se elaboran las condiciones para que el consumo de droga
se convierta en un hecho conflictivo a nivel social (ROMANÍ,1999:154). Esta
identificación se funde en un contexto marcado por la marginación y
fragmentación social (RODRUIGUEZ CABRERO, 2001), “se tiende a asumir una
relación entre uso de drogas, estatus de minoría y pobreza” (STERK-ELIFSON
1996:63). La actual percepción social sobre el fenómeno de la drogodependencia
favorece la vulnerabilidad7 de las personas que padecen dicha problemática, por
lo que si no se toman las medidas de protección necesarias, se llegará a formar
parte de la zona de exclusión. (PÉREZ MADERA, 2000).
El origen de la identificación negativa de los drogodependientes reside en la
dicotomización entre el ciudadano “normal y formal” y el sujeto marginal, al
primero se le atribuye todo lo bueno y se le perdonan pequeños deslices (como
puede ser el tráfico de drogas o la prescripción abusiva de fármacos), porque
forman parte del sistema social, por otro lado, al sujeto marginal, en este caso
el “drogadicto”, se le atribuye todo lo malo sin concedérsele ningún valor
positivo (ALEMANY y ROSSELL, 1981:10).
El siguiente paso, una vez construida la identificación del drogodependiente en
el imaginario social, es la operativización de una actitud basada en la
“segregación y castigo” como elemento clave del temor que supone la “posibilidad
de contagio y difusión” (ALEMANY y ROSSELL, 1981:10). Dicho miedo produce dos
tipos de exclusión: una hacia “la periferia marginal”, proyectando una actitud
de rechazo y agresión hacia el drogodependiente, y otra que, “genera prácticas
de rencor hacia fuera, hacia los integrados que disponen de condiciones de vida
de mayor calidad y a los que se supone desinteresados tanto de los problemas de
la droga, como de los problemas de la vida urbana” (RODRÍGUEZ CABRERO, 2001).
Por lo tanto, es la propia sociedad la que define a las colectivos desviados,
alejándolos de las personas “normales”. Ante este hecho “el grupo tiende a
cohesionarse en función del rechazo social, a protegerse y acentuar su
comportamiento, lo que provoca una mayor represión, ampliándose de este modo la
espiral de la desviación” (ALEMANY y ROSSELL, 1981:11).
Un aspecto fundamental a la hora de abordar la representación social del
denominado “problema droga,”8 es atender a las diferentes interpretaciones de un
mismo hecho, dependiendo de la clase social que ocupe el sujeto. En este sentido
giran los trabajo de STERK-ELIFSON (1996:63-76), valgan algunas conclusiones
bastante concluyentes:
? Las drogas principalmente usadas por la clase media son vistas como "drogas
buenas que son usadas de manera correcta", por ejemplo, fumar marihuana y
esnifar cocaína. El uso de drogas se califica de bueno porque juega un papel
menos central en las vidas de los consumidores de clase media, que el que juega
en las vidas de los consumidores pobres. Los “buenos” consumidores son miembros
que contribuyen a la sociedad, los consumidores “malos” son principalmente
alienados de la sociedad. En la identificación estigmatizada “quedan al margen
los adictos de la zona social integrada, cuya visibilidad social es
prácticamente nula” (RODRÍGUEZ CABRERO, 2001) .
? Las drogas y vías de administración más prevalentes entre los consumidores de
clase baja, quedan asociadas a la idea de destrucción de familias y comunidades;
en consecuencia, estos hábitos de droga se etiquetan de "malos", por ejemplo,
inyectarse y fumar cocaína y heroína.
Por otro lado, e incidiendo en lo expuesto por STERK-ELIFSON, es importante
incidir en cómo el sentido del juicio social varía dependiendo de la droga
consumida y de las características sociales del propio consumidor.
El consumo de opiáceos, especialmente de heroína, es una de las conductas más
radicalmente rechazadas hoy en nuestra cultura, se entiende que su uso reiterado
“deteriora la personalidad, restringe la libertad e inhabilita para el trabajo
productivo y el cumplimiento de los deberes sociales y humanos”. Por ello, la
dependencia a estas sustancias se entiende como arriesgada y desaconsejable;
pero a poco que analicemos otros consumidores de otras sustancias (pensemos en
la cocaína como droga principal de la alta clase social), observamos como ambos
estimulantes guardan características cuando menos similares, pero nuestra
sociedad no juzga a los segundos de forma tan dura como a los consumidores de
opiáceos, quizás “porque su imagen social es menos agresiva o dañina. Esto,
unido a la estigmatización asociada al uso de heroína, explica que la primera
actitud ante el fenómeno de dependencia a las sustancias opiáceos haya sido de
condena y rechazo”. El heroinómano a acabado por ser juzgado con severidad, al
ser considerado culpable, de una situación que amenaza al conjunto de la
sociedad, de ahí que “las dos únicas alternativas que se le ofrecían eran, o
bien la reintegración al cuerpo social mediante el abandono de la conducta
dependiente, o bien su expulsión de la comunidad social y humana, relegándole a
la condición de marginado o paria social.” (www.lanzadera.com/infodro.es 2001)
* Drogodependencia y Cultura. Drogas legales y drogas ilegales: El alcohol como
ejemplo de lo “legal” y su representación social positiva.
“El consumo de las drogas sólo puede entenderse si se estudia el contexto social
y cultural en el que vive el consumidor, [...] la aceptación de las drogas varía
mucho de una cultura a otra” (TORRENS, 1995:9).
A lo largo de la historia, las distintas sociedades han ido desarrollando una
serie de códigos de valores y actitudes hacia las drogas, en algunos casos
aceptando e integrando las que le son propias, el alcohol y el tabaco serían
ejemplos de las sociedades occidentales, y en otros rechazando las que le son
ajenas, como el opio en la nuestra. Obviamente, “el consumo de drogas que forman
parte de la cultura de una sociedad es contemplado con una actitud mucho más
tolerante que el de las que le puedan ser extrañas o desconocidas” (TORRENS,
1995:9). A todo ello debemos añadir que existe en la sociedad una “falta de
información y de conocimiento sobre las sustancias que crean dependencia o
toxicomanía” (ALEMANY y ROSSELL, 1981:8).
Hoy en día existe un amplio consenso por parte de una serie de autores9 al
considerar determinadas sustancias tóxicas, especialmente el alcohol, tabaco o
fármacos, como drogas legales, al gozar de una aceptación amplia. Igualmente se
señala cómo éstas, están sujetas a contextos socioculturales donde la cultura
establece la legalidad o ilegalidad de una droga, un claro ejemplo de ello sería
el caso del alcohol que es ampliamente aceptado en las sociedades occidentales,
“mientras que es rotundamente condenado y prohibido en las culturas musulmanas
en las que, por el contrario, se suele tolerar la marihuana” (TORRENS, 1995:2),
o, al “no considerarse toxicómano al que ingiere excesiva cantidad de tabaco o
fármacos y sí al que fuma marihuana o consume LSD” (ALEMANY y ROSSELL, 1981:8).
En torno a esta cuestión todas las sociedades desarrollan reglas y normas para
el consumo de drogas: se definen los usos y conductas que son aceptables, las
sustancias que son moderadamente permitidas, y cuales están absolutamente
prohibidas (TORRENS, 1995:2).
El normalizado uso de las drogas que una cultura considere como permitidas y
legales hace que “se conozcan los límites de tolerancia física, así como la
tolerancia y la valoración por parte de los demás (se acepta y valora el
“ponerse alegre” pero se rechaza la “borrachera”)” (ALEMANY y ROSSELL, 1981:8).
Es importante señalar la dualidad que existe entorno al consumo de drogas y la
aceptación o rechazo, dependiendo de la legalidad o ilegalidad de la sustancia.
Por un lado, el consumo de drogas socialmente aceptadas, permite que se consiga
la aceptación e integración a la sociedad, a sus normas y mecanismos, mientras,
en el caso de las drogas ilegales “no sólo existe un desconocimiento como en el
caso de las legales, sino que además se le atribuye a la droga significaciones o
mitos para reforzar o justificar la actitud de rechazo”, ocurre el fenómeno
contrario, se “rechaza a la persona-consumidor”, relegándola a ámbitos de
marginación y exclusión. “La actitud hacia las drogas ilegales está basada en la
ideología de personas que nunca han consumido este tipo de drogas, pero que,
generalmente, son adictos a otras sustancias legales” (ALEMANY y ROSSELL,
1981:8).
El consumo de las drogas institucionalizadas suele coincidir con los intereses
de la ideología dominante. En materia económica, supone un importante apoyo a
las grandes industrias alcohólicas y farmacéuticas, en el terreno ideológico
refuerza los valores de la sociedad de consumo, la productividad,
competitividad, etc. y a nivel popular, su uso está incorporado en la población
y no es fácilmente sustituible (ALEMANY y ROSSELL, 1981:8).
Ante esta situación es normal que el imaginario social represente una concepción
ideológica de la droga en la que el problema social y económico del alcoholismo,
verdadero problema de las drogodependencias en España, quedaba minusvalorado
(RODRÍGUEZ CABRERO, 2001). De igual forma, observamos como el campo de las
drogas es una de las zonas de la vida social que más se encuentran
estigmatizadas, pero esta estigmatización, al ser contextual, puede tener
diversos grados o simplemente no darse, todo depende del nivel microsocial:
“así, en un ambiente contracultural, un fumador de marihuana quizás no esté
estigmatizado y, en cambio, considerando también diversos contextos, en alguno
de ellos, un alcohólico puede estar estigmatizado” (ROMANÍ, 1999:153).
Otro aspecto importante que incide en la estigmatización o no de un consumidor
de drogas, es el factor histórico y temporal en el que se encuentre una
determinada sociedad (MOLINA, CARRIÓN y GALLEGO,1995:13)10
En muchas ocasiones es “la cultura y el status social los que actúan como
incitador o como moderador de consumo de ciertas drogas”, en algunas etapas de
la vida (la juventud, sobre todo), en algunos lugares (bares y centros
sociales), por ciertas profesiones ( “forzados profesionalmente” a un consumo de
alcohol y tabaco como trabajadoras de barras americanas o “forzados”
profesionalmente a dejar de fumar al menos en la jornada laboral) o la presión
del grupo social para el consumo de “porros”, cocaína u otras drogas en ciertos
ambientes de profesionales liberales, jóvenes yuppies o presos y prostitutas”
(MOLINA, CARRIÓN y GALLEGO,1995:14).
Por último, vamos a ver como el consumo del alcohol, aparte de estar fomentado
por los medios de comunicación, la autoridad social y el sistema sanitario en
general, (ALEMANY y ROSSELL, 1981:8), está motivado por “las creencias y
actitudes que los adolescentes y jóvenes poseen en torno al alcohol”, éstas
están basadas en una “atribución de efectos positivos, y al mismo tiempo de una
“percepción lejana” de los efectos negativos”, todo ello va a provocar el
consumo social de alcohol, “un consumo entre amigos, durante el fin de semana y
en un contexto facilitador de las relaciones sociales entre iguales”. “Los
efectos ciertos e inmediatos de facilitación social, el efecto psicoactivo de
placer y evasión refuerza la idea de consumo como forma de sociabilidad positiva
y contrasta con la “escasa probabilidad” de los efectos negativos”. De esta
forma se construye la representación social positiva del alcohol que nos acercan
a un modelo social de consumo de alcohol (www.idea_prevencion.com. 2001).
En relación a las creencias y actitudes que la población tiene de los
consumidores de drogas, y atendiendo al último estudio realizado por EDIS bajo
el encargo del Comisionado para la Droga, podemos observar como en la región
andaluza a la hora de calificar a los consumidores de heroína y cocaína se
utiliza el calificativo de “enfermo”, mientras, cada vez es más generalizado,
identificar al consumidor de alcohol como “normal” (NAVARRO y GÓMEZ, 1999: 160).
CALIFICATIVO ALCOHOL HEROÍNA COCAINA Normal 40’8 2’5 3’2 Enfermo 44’2 71’2 67’2
Pasota 3 4’1 4’7 Vicioso 11’5 17’9 21’5 Delincuente 0’5 4’3 3’4 TOTAL 100 100
100
CALIFICATIVO PARA LOS QUE TOMAN ALCOHOL 1992 1994 1996 1998 Normal 19’8 24 27’8
40’8 Enfermo 53’3 52’9 51’3 44’2 Pasota 3’8 4’3 3’7 3 Vicioso 21’7 18 17 11’5
Delincuente 1’4 0’8 0’2 0’5 TOTAL 100 100 100 100
Fuente: NAVARRO y GÓMEZ, 1999: 160
* Drogodependencia y SIDA, un abordaje desde la dimensión simbólica.
La enfermedad del SIDA fue descubierta por Michel Gottlieb en 1981, desde ese
momento se inician numerosos estudios e investigaciones de una enfermedad que ha
causado un profundo impacto científico, sanitario, social, cultural y económico
(Colegio Oficial de Diplomados en Enfermería, 1994:13).
El SIDA y las drogodependencias han constituido el fenómeno social más
importante de la segunda mitad del siglo XX. Al igual que las grandes pestes del
pasado la indefensión de la sociedad frente a esta enfermedad ha provocado una
respuesta de incomprensión y miedo (FALGUERAS, 1995:50; COMBY y DEVOS, 1996:236;
PRATS,1997:17; SONTAG, 1996:112; ROMANÍ, 1991:63).
El SIDA “ha estado asociado a grupos sociales que aparecen como “diferentes” en
relación a pautas de normalidad socioculturales” (ROMANÍ, 1991:65). Es
conveniente tener en cuenta que tanto los comportamiento considerados “normales”
como la propia “percepción del riesgo se ven medidos por los intereses
dominantes y el conjunto de valores y creencias imperantes. El riesgo se evalúa
siempre desde un sistema de creencias y actitudes, es una construcción cultural”
(GAMELLA, ÁLVAREZ ROLDÁN, 1999:244). Por todo ello la afección de colectivos
vistos como excluidos, peligrosos y desviados de las normas comunes,
especialmente homosexuales, heroinómanos y prostitutas (ROMANÍ, 1991:68-69), y
su carácter de enfermedad transmitida por unas determinadas prácticas de riesgo
(relaciones sexuales y uso compartido de materiales inyectables) hace que se
cree el mito del castigo (FALGUERAS, 1995:50; MORÍN,1996:205; ROMANÍ,
1991:68-69; SÁNCHEZ, ROMO, PÁEZ, 1996:189; SONTAG, 1996:112).
Siguiendo lo expuesto por ROMANÍ podemos concretar el mito del castigo mediante
el siguiente esquema:
Fuente: Adaptación de ROMANÍ (1991: 68).
Por lo tanto, “las actitudes hacia las personas seropositívas o enfermas de SIDA
parece basarse en la siguiente lógica: cuanto más se juzga que una persona es
responsable de su situación más se la desvaloriza” (COMBY y DEVOS, 1996:234).
Las actitudes de rechazo van unidas a explicaciones que priorizan en la
responsabilidad de los propios individuos, “en el caso del SIDA,
comparativamente por ejemplo con el cáncer, la responsabilidad individual está
más presente: los individuos tienden a pensar que las personas son responsables
de su infección. Y se observa una desvaloración del individuo contagiado, en
comparación con el cáncer en el que la responsabilidad individual es menos
importante11” (COMBY y DEVOS, 1996:236), de esta forma se constata que, “las
personas infectadas por consumo de drogas por vía intravenosa se les considera
más responsables de su infección que a las contagiadas por transfusión
sanguínea” (COMBY y DEVOS, 1996:240).
Son muchos los autores12 que ponen de manifiesto las fuertes repercusiones
sociales que tienen las enfermedades contagiosas, el SIDA entre ellas, y es
evidente que las reacciones sociales se suelen perpetuar a lo largo de la
historia. Desde la Edad Media hasta nuestros días han imperado argumentos
personalistas y naturalistas, entendiendo por personalistas “un tipo de cultura
en que la enfermedad se debía a un agente externo (humano, divino o
sobrenatural) y en que la persona enferma era vista como objeto de una agresión
o de castigo. En los sistemas naturalistas, la enfermedad se explica en términos
impersonales, como si los elementos que componen el cuerpo se encontraran en una
situación de desorden y esta turbación fuese explicable solamente en términos
naturales13” (PRATS,1997:15-16).
Un aspecto importante que debemos tener en cuenta, a la hora de abordar la
dimensión simbólica del fenómeno droga-SIDA, es el término Sujeto de Referencia
Social, ampliamente estudiado por BODÓN y HURTADO (1997). Estos autores señalan
como habitualmente el drogodependiente se suele identificar con la expresión
“soy adicto”. Ésta es una respuesta anticipada por la vía de la Identificación
Bruta al Significante, esto es: “un sujeto identificado a un significante en
posición de objeto, con el fin de volver consistente al “Otro”. Esta
identificación (“soy drogadicto”, “soy alcohólico”), es a un significante que le
viene del discurso médico-legal.
Este Sujeto de la Referencia Social es un “sujeto históricamente determinado por
los ideales y la moral de una época. [...] El “Soy adicto” se ubica, por un
lado, en relación a la ley del Código Penal como delincuente; y por otro lado,
en relación a la semiología médica, como enfermo” (BODÓN y HURTADO,1997).
Al igual que en cualquier otro ámbito de la sociedad, en este terreno existe una
fuerte dualización en torno a marcadores de identificación (consumidores de
drogas versus no consumidores y enfermos de SIDA versus no afectados). Todo ello
genera un sistema complejo de identidad, por un lado el “Ellos”, formado por los
colectivos estigmatizados, y por otro, el “Nosotros”, los no consumidores, o al
menos, no visibles ni molestos. “El posicionamiento más general consiste en
mantener la distancia en el sentido de “control del espacio personal” y la
activación de la categorización “Yo-Nosotros-Ellos” (MORÍN, 1996:206).
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