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06/03/02 - ÉXTASIS: Bailar hasta la muerte

La muerte de dos jóvenes veinteañeros en Málaga ha vuelto a reabrir el debate de las drogas. Aunque parecen olvidados los yonquis de antaño, aquellos que durante la década de los 80 pagaron el precio del desconocimiento, nos preguntamos como pueden darse casos similares en la actualidad.
Muchos son lo jóvenes que salen de fin de semana a divertirse sin pensar por un momento que aquella puede ser su última fiesta. Todos piensan "a mi no ve va a pasar, que yo controlo, eh?"... y es cierto, ellos controlan el hecho de arriesgarse o no, pero una vez tomada la decisión lo único que queda es esperar que el organismo aguante.

Desde el boom de la "Ruta del Bacalao", la "Ruta Destroyer", y sus parientes más o menos cercanas, se han ido consolidando entre los jóvenes una serie de sustancias determinadas, supeditadas a las posibilidades económicas, de fácil consumo y carácter socializador. Todos huimos de la imagen del demacrado que, apoyado contra una pared, inyecta una jeringuilla en las pocas venas libres de callos que le quedan; pero no nos escandalizamos tanto cuando el consumo se efectúa por vía oral o nasal, es más, en ciertos círculos goza de un cierto beneplácito el portar un pequeño espejito "para empolvarse la nariz".

Así pues, ¿como no consideramos que "de aquellos polvos vienen estos lodos"?. El caso concreto de estos dos jóvenes que han encontrado la muerte quizás no sea todo lo significativo que se nos quiere vender, es posible que fuese su primera vez o algo parecido... incluso, como alguna madre diría: "a mi niño le han puesto algo en la bebida...". El problema no son la veintena de muertes que se han producido por este tipo de droga concreta, sino el hecho de que por cada muerto hay miles de enfermos en potencia.

Si nos centramos en el éxtasis, o MDMA (metil dioximeta anfetamina), a largo plazo un consumidor habitual puede padecer lesiones neuronales, anorexia, disfunción sexual e insuficiencia renal... todo ello a cargo de la Sanidad Pública. ¿Merece la pena seguir bailando convulsivamente cuatro horas más a este precio? 6 euros dan para mucho, como puede verse, y sobretodo cuando uno no sabe lo que está tomando, porque en sí, nadie sabe que lleva esa pastillita llamada iglú, mitsubishi, eva o telettubie (¿que nombres más inocentes, verdad?). Muchas veces la muerte es producida por la excesiva pureza del producto, a la que tan poco acostumbrados están los jóvenes que compran a cualquier coche aparcado en las inmediaciones del recinto festivo.

¿Tiene el problema solución? En mi opinión sí, aunque pueda resultar un tanto controvertida.

En primer lugar tendríamos legalizar todas las drogas con el fin de que puedan ser reguladas por el Ministerio de Sanidad. Sólo de esta manera sabríamos que contiene exactamente cada una de ellas, en que cantidad, y que efectos puede producirnos. Podrían ser expedidas en farmacias a mayores de edad, tal y como sucede hoy en día con otras sustancias legales, igual o más nocivas para el organismo, en bares, estancos y supermercados. Sólo cuando el Estado ejerza un férreo control sobre este tipo de productos y deje de criminalizar su consumo, podrá aplicarse con mayor dureza en perseguir a los grandes productores y fabricantes, que juegan con la vida humana por intereses puramente personales.

Cabe recordar que la droga en sí es un elemento neutro, ni bueno ni malo. No podemos culpar a la droga por los efectos que provoca, sino, en la mayoría de casos, a la persona que la consume en momentos y lugares que no serían los deseables.

Siento no compadecerme de los jóvenes malagueños que han fallecido en la macrofiesta... el libre albedrío tiene estas particularidades, y no me vale que me digan que estaban engañados...

TODOS TENEMOS LA OBLIGACIÓN DE SABER EL RIESGO QUE CONLLEVA EL CONSUMO DE ESTAS SUSTANCIAS.

El único argumento irrefutable por el que los jóvenes empezamos a consumir determinados productos es su carácter socializador. No debemos olvidar que las "sustancias prohibidas legales", además de despertar un interés por lo desconocido, son empleadas en nuestra sociedad para establecer el punto de partida de la vida adulta. El fumar tabaco o beber alcohol se han establecido como unos ritos de iniciación casi ineludibles para todos aquellos que desean pasar a ser "maduros". Imaginemos por tanto cuan atractivas son aquellas sustancias que ni los padres se atreven a mencionar...

En segundo lugar cabe resaltar que sólo desde una educación por la información veraz y sencilla desde la familia se pueden evitar este tipo de conflictos. Nuestros jóvenes deben tener a su disposición todas las herramientas de juicio que les permitan formarse una opinión al respecto antes de iniciarse por su cuenta y riesgo. Cuando el entorno familiar actual abandone su aparente modernidad, que no es más que una dejación de responsabilidades, para tomar parte activa de la formación de los más pequeños, dejaremos de culpar a los educadores y las administraciones de un problema del que no son responsables.

Otro tema son los empresarios de salas de baile y organizadores de grandes eventos, que rebasan sin pudor los límites de aforo establecidos, propiciando un caldo de cultivo para que se multipliquen los "golpes de calor". Estos, junto a los cuerpos de seguridad del Estado, deberían actuar más enérgicamente en atajar los canales de distribución, ya que no olvidemos que este tipo de drogas no producen una dependencia física, sino psicológica (o a veces ni eso), por lo que podemos cortar de raíz el suministro de estas sustancias sin tener que crear recursos paralelos para el tratamiento de la intoxicación.

En definitiva, y tras todo lo dicho, no creo que por el momento se pongan los medios para resolver este problema, porque el verdadero conflicto radica en la necesidad cultural de búsqueda de nuevas experiencias (¿o creías que la "pipa de la paz" de los indios americanos quemaba poleo-menta?), y eso es algo que fácilmente asociamos a este tipo de productos.

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