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26/03/02 - Mamá, Papá... yo quiero una moto

Todos los que hemos tenido una moto durante la adolescencia sabemos de su gran capacidad socializadora. Como supone el peldaño previo al coche, somos conscientes de que desde ese momento hemos pasado a formar parte de uno de los referentes en nuestro círculo de amistades. Todo el mundo te pide que le lleves a dar una vuelta, que los acompañes aquí y allá, que le dejes la moto para ir a buscar a alguien (ojo con eso que es MUY peligroso)... Pasas de ser ninguneado a convertirte en el oscuro objeto del deseo de muchos y muchas interesadas, vamos, que te da un grado poder inexperimentado hasta ese momento. Porque, ¿no se creerán los padres que sus hijos les piden la moto para mejorar su movilidad? Para movilidad tienen el transporte público, que llega a casi todas partes... y bueno... iba a decir que es barato, pero la verdad es que no me atrevo...

Lo primero que hace cualquier adolescente normal es pedir la moto, incluso antes de tener la edad legal para conducirla. Esa bicicleta con motor se convierte en su único objetivo en la vida. Hay casos documentados de jóvenes que por conseguir ese premio han llegado a estudiar más, colaborar en las tareas del hogar, sacar a pasear al perro tres veces diarias, dejar de pelearse con sus hermanos, buscarse un trabajo basura... vamos... increíble!

Cuando, por el medio que sea, han conseguido obtener ese vehículo, pasa a ser su bien más preciado. Se pueden llegar a romper amistades de muchos años por una moto... es como una obsesión, y todo el que tiene una se empeña en personalizarla. La verdad es que no entiendo como los fabricantes se escurren el seso en diseñarlas, porque lo primero que hacen al comprarla es cambiarle cosas. En realidad da igual que moto compren, porque solo buscan en ella dos cosas: que llame la atención y que corra mucho.

El hecho de que llame más o menos la atención es directamente proporcional al mal gusto del conductor. Pueden pintarla fluorescente, colocarle tres mil pegatinas, cambiarle los plásticos, comprar ruedas más anchas, conducir a escape libre, ponerle la bocina de un camión, las bombillas de colorines, colocar la luz ultravioleta de detectar los billetes falsos para que alumbre a ras de suelo... También es importante el casco: aunque su moto sea un pote tienen que llevar un casco personalizado. Tienen la opción Quitamultas, que son esos cascos estilo Calimero que bueno... son una opción; después está la opción GP, que son unos cascos para motos de 1000cc (dependiendo de la moto parece que va conduciendo el muñeco de Chupa-Chups); está la opción GP utilizado como Quitamultas, que se ha puesto últimamente de moda y consiste en colocarse el casco como si fuese una prolongación de la cabeza... vamos, que vistos de perfil parecen primos hermanos de los Caraconos...; y por último están los que utilizan las gafas de sol como casco. Llevan esas gafas tipo "La Mosca Tsé-Tsé" a modo de peineta, y aunque dudo mucho que les sirva de protección parece ser legal, porque he visto a docenas de chavales pasar por delante de la policía con ellas puestas y estos pasar olímpicamente...

Dejando a un lado lo estético llegamos al tema serio: la velocidad. Es una fuerza extraña la que predispone a los humanos a correr riesgos innecesarios, y uno de ello es el exceso de velocidad. Da igual si se va a pié, en moto, en coche, en barco, en avión... lo importante es forzar la máquina hasta el máximo de su capacidad. Si ya de por sí es una práctica peligrosa, su riesgo aumenta exponencialmente cuanto más pequeño es el vehículo a conducir, ya que en ese caso el cuerpo humano suele quedar demasiado desprotegido ante cualquier percance. Ese es el principal inconveniente de la moto, ya que en caso de accidente el piloto suele ser el parachoques, y no hablemos ya del que va de paquete....

Revisando la prensa de la semana pasada he encontrado aquella noticia del chaval que murió estampado contra un camión en una carrerita clandestina... esta vez fue un camión, pero otras ha sido una pared, un coche, otra moto o un peatón.

Miles son los jóvenes que perecen en las vías españolas conduciendo vehículos de dos ruedas, pero más aun son los que sufren de alguna grave discapacidad. ¿Qué deberíamos decirles?¿Que podríamos hacer?

Decir, decir... creo que ya está todo dicho... o casi todo. Si que es verdad que hasta la fecha la DGT ha hecho mayor hincapié en los coches, pero nuestros jóvenes deberían ser lo suficientemente maduros como para poder extrapolar el concepto y llevarlo al mundo de las dos ruedas. En principio no se que tipo de campañas funcionan mejor, porque si las duras que enseñan sangre y vísceras pueden herir la sensibilidad del espectador y cohibirle metiéndole el miedo en el cuerpo, y las blandas se las miran como si fuese el mensaje Navideño del Rey... ¿como se les hace entender a los jóvenes los peligros a los que están expuestos?

Como siempre supongo que la clave de la cuestión radica en su socialización primera. Tanto en el entorno familiar como en la escuela se debería potenciar la educación vial, pero predicando con el ejemplo. ¿Que hará de mayor un crío que ve como su madre le obliga a cruzar un paso de peatones cuando la luz está en rojo porque llegan tarde a clase?¿Como esperamos que conduzcan nuestros hijos cuando nosotros mismos somos capaces de emprender un largo viaje, tras una comida copiosa y abundante alcohol, pisando el acelerador a fondo para ganarle unos minutos a las vacaciones? Y en la escuela... ¿que te enseñan de educación vial? A mí, particularmente, me explicaron en poco menos de dos horas todos los pormenores de la cuestión una pareja de policías locales, con mejor intención que destreza... y eso con 10 años! (... en mi disco duro memorístico no tengo recuerdos anteriores, o sea que podemos decir que no cuenta lo que me pudiesen haber enseñado previamente) Y dispuestos a repartir responsabilidades, no me gustaría dejar fuera a la Administración, por dar tan alegremente licencias para morir... o matar en el peor de los casos.

Queda claro que si el binomio velocidad-juventud es peligroso, el trinomio velocidad-juventud-temeridad es mortal. La falsa percepción del control de la situación les hace especialmente vulnerables a los accidentes. ¿Cuantos conductores de automóviles no han visto zigzaguear a una moto entre el tráfico, a una velocidad de órdago? Acostumbran a ser principiantes (... mayormente porque si siguen con esa actitud acaban en una bonita casa apareada de metro por metro, en una urna hechos cenizas, o viendo las carreras de los domingos postrados en una silla de ruedas), y esperan obtener el favor de su grupo de iguales realizando prácticas fuera de toda lógica: caballitos en las salidas de los semáforos, saltarse cruces sin mirar, plegarse hasta rozar con la rodilla en el suelo... Supongo que algún ángel de la guarda debe hacer horas extras, porque sino no se explica que la multiplicidad de accidentes que se suceden a diario no tengan consecuencias más funestas. Esa debe ser la esperanza de muchos de ellos, o su excusa. El "a mi no me va a pasar, porque yo controlo" retumba en demasiadas ocasiones por las cabezas de algunos desafortunados... y se de lo que estoy hablando.

Yo he de reconocer que con 14 años tenía una Derbi Variant, a la que cambié el tubo de escape (ese peaso de Kit Yassuni RC3), le puse un chiclé de carburador del 18, llevaba pegatinas de Levi's y Caroche (super, super totales tío) y mi casco era un MDS de GP... sí... todos tenemos un pasado... por suerte yo lo he podido contar: solo tengo algunas quemaduras del asfalto, un pié aplastado con varios meses de escayola (ahora me sirve de barómetro...), y un susto de muerte al encontrarme literalmente bajo una Citroën C-15 (el impacto dobló el chasis de mi ciclomotor... prefiero no pensar que le hubiese hecho aquel parachoques a mi columna vertebral) ¿Destreza?¿Habilidad?... ¡Suerte!

No quisiera concluir estas líneas sin un saludo a todos aquellos que circulan en motocicletas y ciclomotores, que son buenos conductores, respetan las normas de tráfico, y saben los riesgos que corren al manillar. Un recuerdo también a los que, afortunadamente, puedan leerme, aunque sea sentados en una silla de ruedas. Estas letras no van por vosotros.

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